“Rezaba por las noches para no ser gay”.

, , | 18 diciembre, 2022

El País/Jesús García Bueno.- Ezequiel Videla narra su angustia como hijo de dos pastores evangélicos que lo repudiaron y presuntamente lo acosaron tras confesarles que era homosexual

Ezequiel esperó en su habitación a que Juan saliera del gimnasio y pasara por debajo de su casa a darle las buenas noches y asegurarse de que todo iba bien. Había dibujado para él un colibrí junto a una nota que le lanzó por la ventana: “Por fin me siento libre, creo que voy a dar el paso”. Dos días después, cumplidos los 18 años, Ezequiel abandonó su hogar, repudiado y acosado por unos padres de férreas convicciones religiosas que no aceptaban su homosexualidad y le creían enfermo y presa del demonio. “Durante mucho tiempo, tuve que renunciar a lo que era para encajar en el papel de hijo perfecto de una familia cristiana. El día que me fui de casa, mi vida empezó de nuevo”.

En Mendoza (Argentina), David y Erica, los padres del chico, formaban parte de una comunidad de fieles de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular, un culto evangélico proselitista fundado en los años veinte del siglo pasado por una mujer, Aimee Semple McPherson, que propaga cuatro facetas del mensaje de Jesús (el salvador, el bautista, el sanador, el rey). Él trabajaba de camarero y ella regentaba una tienda. No tenían problemas económicos, pero “sintieron que Dios les pidió que se mudaran a España”, adonde llegaron en 2005, cuenta Ezequiel. Levantaron su iglesia en un polígono industrial de Terrassa. “Centro Cristiano Vida Nueva”, dice el cartel sobre la entrada tapiada del local, cerrado desde 2015.

Ezequiel Videla, que siempre fue un joven “tímido, sensible, delicado”, creció al abrigo de Vida Nueva, pero “con la presión de dar ejemplo a los demás” por ser uno de los dos hijos de los pastores (la Iglesia Cuadrangular contempla el ministerio de hombres y mujeres). Recuerda que los domingos acudía a misa y que en casa practicaban “ayunos” en los que dejaban de hacer tal o cual actividad para consagrarse a Dios: “Pasábamos tiempo en familia, rezábamos, leíamos la Biblia…”, sonríe Ezequiel, que tiene 24 años y no enmienda del todo esa etapa: “Se creó una comunidad admirable, éramos como una familia. Hacíamos un mercadillo social, dábamos clases a niños, organizábamos bancos de alimentos…”.

Pero algo no encajaba. “La homofobia está en la Iglesia. En el caso de mis padres, es exagerada”, dice Ezequiel, que supo de ese profundo rechazo desde crío, con detalles del día a día. Como cuando le obligaban a cambiar de canal si en la tele aparecían homosexuales. O cuando comentaban “mira qué asco este mariquita” al pasar por la calle junto a un gay. O cuando expulsaron a dos hombres de la cafetería que regentan en Terrassa por darse un beso. “Me di cuenta de que les producía repulsión. Y pensé: ‘Mierda”. El despertar sexual de Ezequiel, los últimos cursos de la ESO, le asomó al abismo. “No entendía por qué no me gustaban las chicas y lo pasé mal. Tenía mucho miedo de ser gay. Rezaba por las noches para no serlo”. La presión le llegaba de casa, pero también del colegio. “Algunos compañeros me llamaban maricón. No sabía qué hacer con mi vida. Pensaba: ‘Por favor, Dios, ¿por qué me has hecho así?”.


Y en estas llegó Juan. El chico del colibrí. El que lo condujo a una vida nueva y lo acompañó cuando estalló el conflicto con los padres por su condición sexual. El que, sin ser ya su pareja, le ha dado la mano estas últimas semanas, en el juicio que ha sentado en el banquillo a los pastores evangélicos por un delito contra la integridad moral. Empezaron a salir juntos en Bachillerato. Primero a escondidas, porque Ezequiel tenía un miedo horroroso a que los vieran juntos. Hasta que decidió pedir ayuda a los profesores de su instituto, el IES Viladecavalls, que organizaron una reunión con los padres.

El encuentro, muy tenso, se celebró en febrero de 2017. “En la vida, uno toma decisiones de vida o muerte. Y la que tú has tomado es de muerte. Dios creó al hombre y a la mujer para reproducirse y el sitio natural del pene es la vagina de la mujer, no el lugar por donde se hace caca”, manifestó el padre, según el escrito de la Fiscalía —que pide un año y seis meses de cárcel para cada uno de los acusados— y ratificaron los profesores en su declaración como testigos. En las semanas siguientes, los padres intentaron salvar a su hijo del pecado y convencerle de que todo era culpa de Juan. “Pensaban que me metió la homosexualidad en la cabeza”. Según la Fiscalía, los padres desplegaron un acoso incansable que acabó con una trifulca con Juan de por medio y con las gafas de Ezequiel rotas. “Los profesores reunieron un sobre con dinero para que me comprara unas nuevas porque no veía. Aún conservo ese sobre”, dice agradecido por la solidaridad.

Esa serie de incidentes, ahora pendientes de sentencia, rompieron el vínculo de Ezequiel con sus padres; también con su hermana, casada con un miembro de la Iglesia Cuadrangular. Con 18 años, se vio solo y teniendo que solicitar ayudas públicas para sobrevivir. “Me fui a casa de los padres de una amiga cuatro meses, estudié Historia del Arte, rocé una depresión, he trabajado de camarero, dando clases, cuidando a ancianos… He tenido que crecer muy rápido”, resume sobre estos últimos seis años, en los que se ha sentido arropado por los amigos y por el colectivo LGTBI.


Fernando Écija es el presidente de la Iglesia Cuadrangular en España, donde cuenta, dice, con 30 congregaciones y 2.000 fieles. Conoce a los Videla y asegura que la deriva judicial del conflicto le causa “tristeza”. “Ezequiel es un chico muy tierno. Quizás los padres podrían haberlo hecho mejor, todos cometemos errores. Pero que un hijo denuncie a su padre…”, lamenta Écija, que se pregunta “hasta qué punto el colectivo LGTBI está manipulando y empujando a este chico a romper con ellos”. Écija sostiene que, en la Biblia, “la homosexualidad no se ve como algo correcto”, pero niega la existencia de prácticas homófobas en el culto y afirma que Ezequiel “nunca manifestó” denuncia alguna cuando era miembro activo de la comunidad.

Écija aclara que las “tensiones económicas y familiares” de los Videla les llevaron a dejar su función como pastores en Terrassa en 2014. Un año después, el centro cerró las puertas al no hallar feligreses dispuestos a tomar las riendas. El presidente asegura que David y Erica ya no son pastores de la iglesia. Tampoco lo sabe Ezequiel porque apenas ha hablado con ellos desde entonces. Alguna vez se han cruzado en la calle. También en el juicio, donde el padre se le acercó para decirle “que Dios te bendiga”. “¿Tienes oportunidad de hablar con tu hijo y le dices eso? Si no me aceptan como soy, ¿me quieren realmente?”, se pregunta el joven.

Ezequiel asegura que no les guarda rencor (”han perdido un hijo y ya cargan con ello”), y ni siquiera le interesa una eventual condena. Sí le gustaría que siguieran “un curso de valores de género”, aunque no está seguro de que vayan a cambiar su forma de ver el mundo. En su casa, junto a su pareja actual, dice que no se siente abandonado porque ha escogido a su propia familia. Exhibe con orgullo los tatuajes que asoman por su nuca y presume orgulloso de otro que no se ve, en el pecho. “Sé que parece de peli romántica, pero…”. Es un colibrí, regalo de Juan para ayudarle a volar libre.

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