¿Hombre o mujer? La ciencia que solo sirve para discriminar a las deportistas

| 29 julio, 2015

El Tribunal de Arbitraje Deportivo reconoce que no hay un método válido para determinar el sexo de los atletas y que los usados hasta ahora son inútiles y van contra las mujeres

DuteeChandJAVIER SALAS. EL PAÍS.- Las organizaciones deportivas internacionales llevan décadas buscando un sexador de pollos que le permita separar nítidamente mujeres y hombres en la alta competición. Pero las personas no son pollos y la sexualidad humana, las condiciones anatómicas y fisiológicas que caracterizan a cada sexo, distan mucho de ser un simple blanco y negro para todo el mundo. Hace tiempo que la ciencia dejó claro que no existe una única regla biológica clara para determinar el sexo de cada persona y en los últimos 30 años cromosomas y hormonas han fracasado en el intento de ser esa herramienta fiable. Mientras, quedaba por el camino un reguero de mujeres deportistas vejadas, ridiculizadas, con vidas rotas e intentos de suicidio, simplemente porque no encajaban en el patrón coyuntural de lo que fisiológicamente debía ser una atleta de sexo femenino.

La última víctima, Dutee Chand, ha ganado la batalla. Los niveles de testosterona de esta velocista india de 18 años, producidos de forma natural por su organismo, pusieron en guardia al órgano de gobierno de los atletas (Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo, IAAF), que decidió suspenderla. Porque Chand entraba en la categoría legal, ahora tumbada, de hiperandroginismo: exceso de hormonas masculinas, esencialmente testosterona, que le estaría proporcionando una ventaja frente a sus rivales. Tenía que someterse a tratamiento médico si quería competir y ella —»soy quien soy»— se negó. En su resolución del lunes, el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) determinó que los científicos no pudieron indicar cuánta ventaja otorga esta producción natural de testosterona como para ser motivo de descalificación.

Y más importante aún: dictaminó que la norma del hiperandroginismo discrimina a las mujeres, porque solo se les aplica a ellas. «He sido humillada por algo de lo que no se me puede culpar», dijo Chand tras el laudo. Si producir de forma natural más testosterona que tus rivales es una ventaja descalificante, argumenta el TAS, ¿por qué no se aplica también a los hombres que produzcan más testosterona que los demás? Como explica Katrina Karkazis, experta en bioética de Stanford y asesora de Chand en este caso, la testosterona (producida de forma natural) no es únicamente masculina y la ventaja que otorga es la misma que tener más altura, flexibilidad o mejores pulmones. «El fallo es enorme e histórico», asegura a Materia, «es la primera vez que un organismo externo suspende una de estas políticas, que han existido por décadas».

La norma del hipernadroginismo «no está siendo usada para determinar si un atleta debe competir como hombre o mujer. En cambio, está siendo usada para introducir una nueva categoría de mujeres no aptas dentro de la categoría femenina», explica el TAS en su laudo. Superar el nivel límite de testosterona exigido —10 nanomoles por litro de sangre, cuatro veces lo que se considera normal en mujeres— no convierte a atletas como Dutee Chand en hombres. Ese nivel no sirve para sexar atletas: rebasarlo no permite a las deportistas competir como hombres, porque no lo son, solo sirve para descalificarlas. Un estudio del propio Comité Olímpico Internacional mostró que el 13,7% de las atletas tienen niveles de testosterona por encima del rango habitual de las mujeres, y que un 4,7% tienen niveles que entran en la orquilla de lo considerado masculino. Del mismo modo, un 16,5% de los atletas de élite tienen niveles de testosterona por debajo del rango masculino, y un 1,8% de ellos caen en niveles considerados femeninos. «La naturaleza no es clara», sentencia ahora el TAS. La testosterona no sirve para determinar el sexo, solo para estigmatizar a las mujeres que tienen más.

Pero hay que remontarse 30 años atrás para entender lo que está pasando ahora. En 1985, la velocista española María José Martínez Patiño se disponía a competir en los Mundiales de Kobe. Entonces se comprobaba el sexo de las mujeres (nunca de los hombres) atendiendo a los cromosomas: si tiene el par XX es mujer y si tiene XY es hombre. Tan simple como discutible. La prueba de Patiño determinó XY y la delegación española, en uno de los episodios más oscuros del deporte español, pasó de pedirle que fingiera una lesión a filtrar su condición a la prensa para destruirla. «Me sentí humillada y abochornada. Perdí a mis amigos, a mi novio, la esperanza y la energía. Pero yo sabía que era una mujer”, explicaba en un artículo de la revista médica The Lancet (PDF), «difícilmente podría fingir ser un hombre, tengo pechos y vagina. Nunca hice trampas”. Patiño es insensible a los andrógenos, las hormonas masculinas: sus cromosomas son de hombre, pero su cuerpo no sabe administrar la testosterona, por lo que no desarrolla todos esos rasgos fisiológicos externos que le suponemos a los hombres: ni pene, ni vello, ni más musculatura. Finalmente, ganó su caso y pudo volver a competir como mujer tras el calvario. Los cromosomas tampoco sirven para sexar atletas.

«El sexo de los seres humanos no es simplemente binario. No existe un único factor determinante del sexo», señala ahora el TAS tras escuchar a los científicos, algo que venían diciendo organismos y expertos en revistas de primer nivel desde hace años. Pero hasta llegar a esta conclusión, antes de introducir los controles cromosómicos, se cometieron todo tipo de vejaciones con las deportistas, como obligarlas a posar desnudas ante los jueces mostrando sus genitales, otro examen tan humillante como inútil para determinar el sexo objetivamente y en todos los casos. Después del caso de Patiño, la ciencia fue destruyendo paso a paso la pretensión del COI y otros organismos de dar con una regla biológica que determine de forma indubitada lo que es una mujer. Esto, sumado al hecho de que los casos de hombres haciéndose pasar por mujeres son irrelevantes en el deporte contemporáneo, llevó a suspender estos exámenes en 2000. Hasta que llegó Semenya.

«Mírala, es un hombre», se dijo una y otra vez de Caster Semenya, atleta sudafricana que ganó el oro en 800 metros en los Mundiales de Berlín de 2009. Su físico no encajaba con el patrón de mujer atleta y además ganaba. Las denuncias de sus compañeras derrotadas obligaron a Semenya a pasar un control de sexo, que incluyó una foto de sus genitales, que determinó que tenía hiperandroginismo como Chand. Sin embargo, ni las mejores marcas de Semenya le hubieran permitido siquiera pasar de la primera ronda compitiendo con hombres. Después de convertirla en un monstruo de feria en los medios, se permitió a Semenya seguir corriendo, pero la IAAF y el COI acordaron que no habría sitio para una nueva Semenya. Hasta que apareció Chand, que finalmente tumbó esta normativa.

«No hemos dado con la tecla, pero lo vamos a seguir intentando», responde ahora Patiño, que durante el proceso de Chand ha sido asesora científica en la Comisión Médica del Comité Olímpico Internacional y del TAS a favor de la normativa derrotada. Ahora, la IAAF tiene un plazo de dos años para aportar datos científicos que avalen el uso de la regla del hiperandroginismo y Patiño adelanta que ya están trabajando en ello, con reuniones convocadas para octubre y noviembre. «Me alegro mucho por Chand, porque lo ha pasado realmente muy mal, y este dictamen nos va a obligar a hacer mejor las cosas. No se puede seguir destrozando la vida de las chicas, ella ha tenido el apoyo y los medios que yo no tuve», asegura. Sin embargo, se muestra convencida de que la testosterona otorga ventaja a atletas como Chand y «hay que proteger a las deportistas con niveles normales». Patiño propone que las pruebas sean más sensibles y privadas que se hagan después de competir, sólo entre las primeras clasificadas.

Al margen de si la testosterona es una ventaja descalificante, ahora no queda más regla que la ley para determinar quién es mujer y quién hombre, como el TAS apunta en su dictamen: «Es justo y proporcionado que haya categorías femenina y masculina, debe existir un criterio objetivo para realizar esta división [pero] la verificación de género no es un criterio apropiado. Si una persona es mujer es una cuestión legal». Coincide con el criterio de Karkazis, que opina que «los hombres y las mujeres deben estar sujetos a las mismas reglas, y ahora por fin lo están. En ambos casos, deben ser legalmente del sexo con el que desean competir». «No se puede hacer un test de sexo. Es imposible, no hay un rasgo que sirva para clasificar a las personas. Hay muchas características y siempre hay excepciones», añade.

Eric Vilain, experto de UCLA en esa gama de grises del sexo humano que ha dado en llamarse intersexualidad, asesoró al COI en la creación de la norma de hiperandrogenismo que consideraba «una solución imperfecta». Vilain no cree que la IAAF vaya a conseguir datos para apoyar su postura y cree que quizá no haya solución o que esta pase por competiciones mixtas, según recoge The New York Times. «No hay argumento científico para decir quién es mujer y quién hombre. Cuanto más tiempo pasa más claro queda que el sexo no es binario», asegura Victoria Ley, responsable de Salud y Deporte del Consejo Superior de Deportes. «Si son mujeres deben competir como mujeres aunque cuenten con ventajas naturales, como las que tienen muchos atletas por su físico. Y sobre todo, que no se discrimine sólo a las mujeres y sólo por sus características sexuales», reclama.

«Esto no es un concurso de belleza», denuncia Patiño en referencia a los comentarios que sufren algunas deportistas por su imagen por parte de compañeras y medios de comunicación. Esta exatleta señala otro punto que tienen en común las deportistas castigadas: «Siempre son de países en desarrollo, con poco peso internacional. Chand es de una familia muy, muy pobre de India. Yo me he enterado ahora de que en Kobe, en 1985, otra atleta de EE UU tuvo exactamente mi mismo problema pero ella pudo competir y yo no. Su nombre ni salió», denuncia. Durante las décadas de 1960 y 1970, todas las deportistas olímpicas tuvieron que mostrar la idoneidad de sus genitales salvo una: la princesa Ana de Inglaterra, hija de la reina Isabel II, que compitió en equitación en Montreal 1976. En los Juegos de Londres en 2012, cuatro atletas de «países en desarrollo» no pasaron el control de sexo y, discretamente, terminaron en Francia sometiéndose a tratamiento para ser hormonalmente más femeninas y poder competir en el futuro. Chand se negó a pasar por eso. Y ganó.

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