Una familia de refugiados palestinos abre un restaurante pero no le alquilan un piso

| 11 enero, 2019

Llegaron a Jerez desde Jericó en busca de una oportunidad. Meses después, tras abrir Al Batool, siguen sin encontrar vivienda: «Cuando ven que somos árabes nos cierran la puerta»

SEBASTIÁN CHILLA. LA VOZ DEL SUR.- “No todos los árabes somos malos”, espeta Ahmed, el padre de una familia de refugiados palestinos preocupado por su situación. “Hemos venido a Jerez para montar un restaurante y trabajar”, dice indignado tras llevar semanas buscando un piso donde alojarse junto a su mujer y sus cuatro hijos. “Todo esto lo hemos montado gracias a la ayuda de un familiar que vive en Alemania”. Una forma de buscarse la vida que requiere muchas horas de esfuerzo y de compromiso. “Hemos ido a verlos y cuando han visto que somos árabes ya no quieren, nos cierran la puerta” comenta Husam que con tan sólo 18 años ya ha tenido varios trabajos y habla varios idiomas. “Hasta un piso carísimo, de 600 euros, que estamos dispuestos a pagar. Pero luego te dicen que se ha alquilado”. Una mentira que dicen haber presenciado ya en once ocasiones. “Luego buscas en internet y ves que el anuncio sigue estando”.

En Jericó, la ciudad más antigua del mundo y donde vivían hasta hace poco más de un año, Husam compaginaba la hostelería con el oficio de guía turístico, recibiendo visitantes de todas las partes del mundo y aprendiendo frases y conceptos en lenguas tan dispares como el inglés, el rumano o el japonés. A través de su hijo, Ahmed explica la situación de la ciudad, que se encuentra por debajo del nivel del mar, cercana al Mar Muerto y en frontera con Jordania, donde se sufre mucho el calor.

Gracias a su capacidad de adaptación, el pequeño varón no solo traduce, sino que recibe, atiende y presenta este nuevo restaurante de la calle Ancha a los jerezanos que se acercan a conocerlo. Una clientela heterogénea que poco a poco va aumentando pero que sigue sin ser suficiente para sufragar los costes del alquiler y los seguros sociales, que al estar trabajando todos los miembros de la familia, superan los 1.500 euros. “Es pronto todavía”, reconocen, con la esperanza de que se corra la voz y que cada vez el restaurante tenga más afluencia. “No sabemos lo que va a pasar en los próximos meses”.

Al Batool, que debe su nombre a una sobrina de la familia, ofrece comida de todo el mundo árabe y especialidades propias de Palestina, como el maqlube, cuyos ingredientes son pollo, patata, coliflor, arroz y zanahoria, así como desayunos y meriendas con tostadas de laban, queso de cabra, humus, falafel, baba ghanoush , tés y baklavas. “Eso me lo traje en el avión desde Palestina, y pesa quince kilos”, dice señalando la herramienta que utilizan para hacer zumos naturales de granada, naranja, piña, manzana, zanahoria, mango o pomelo. Un viaje para que el tuvieron que comprar billetes de ida y vuelta con objeto de entrar como turistas y no como emigrantes. “De otra forma no tendríamos el visado, teníamos que hacerlo así”.

Originarios de Jaffa, una ciudad al sur de Tel Aviv de la que tuvieron que huir para recalar a un campo de refugiados de Jericó, la historia de esta familia es la de una travesía constante. Como si se trata de una historia del Antiguo Testamento: primero entre ambas ciudades y luego camino hacia España, donde fueron acogidos en el hospitalario barrio madrileño de Vallecas. En el hostal Welcome estuvieron un mes hasta que el Gobierno les asignó una ciudad de destino: Jerez de la Frontera, donde ya llevan alrededor de un año. “No conocíamos nada”, comentan, algo que no les impidió buscar un local para montar un negocio con la intención de salir adelante y tener una oportunidad.

Lo que no se imaginaban en aquel momento es que el problema vendría al intentar alquilar una casa. “Tenemos nóminas, tenemos un negocio, lo tenemos todo, no sé qué quieren”, dice Husam frente a la atenta mirada de su padre, que mueve las manos con visibles gestos de hastío. Mientras esperan un techo continuarán haciendo tajín, musajan, kubba, kufta o auzipara deleitar a los jerezanos con las delicias y sabores del Próximo Oriente. Un hospitalario viaje a Palestina a través de los sentidos sin moverse del barrio de Santiago.

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