“Los europeos no sienten que controlen su destino político”

, | 14 mayo, 2018

El ensayista estadounidense Mark Lilla presenta su libro ‘El regreso liberal’

ANTONIO PITA. EL PAÍS.- Diez días después de que Trump ganase las elecciones, Mark Lilla, un catedrático de Humanidades en la Universidad de Columbia cuyo nombre apenas sonaba fuera del ámbito académico, escribió un artículo de opinión en The New York Times que se convirtió en el más leído —y probablemente el más polémico— de 2016. Su tesis, desarrollada más tarde en el ensayo El regreso liberal que ahora publica en España la editorial Debate, es que la derrota demócrata se debió a la fijación de los liberales estadounidenses por lo que Lilla denomina “la política de la identidad”. Es decir, poner el foco en las narrativas de la diversidad (étnica, sexual, cultural, etc.) frente a la articulación en torno al concepto de ciudadanía de un “nosotros” en el que cualquiera se vea reflejado y que permita retomar la Casa Blanca. O lo que llama el “modelo de compromiso político de Facebook”, en el que importa menos la argumentación y más la personalización del debate.

Más criticado desde la izquierda que desde la derecha y acusado por una colega de la universidad, Katherine Franke, de «hacer de nuevo respetable el supremacismo blanco”, Lilla atribuye las reacciones negativas a haber tocado un «problema tabú» que desata un «pánico moral». «No hay conciencia del peligro que suponen estos republicanos radicales y de que la única forma de combatirlos es recuperar las instituciones. La izquierda liberal está cómoda, vive en Estados de mayoría demócrata. Se ha convertido en más importante mostrarse moralmente puro que políticamente efectivo», asegura en una entrevista en Madrid.

Lilla inicia el libro, en el que se define como un «liberal estadounidense frustrado», con una cita de 1985 de Ted Kennedy, el fallecido senador demócrata y hermano menor del expresidente: «Podemos y debemos ser un partido que se preocupa por las minorías sin convertirnos en un partido de las minorías». Y pone como ejemplo las páginas web de los partidos republicano y demócrata. La primera incluía una declaración de principios que empezaba por la Constitución y acababa por inmigración. La segunda, una pestaña con mensajes diferenciados para 17 colectivos, como LGTB, nativos americanos o afroamericanos.

Otra comparación: Reagan y Obama. El primero “ofrecía una imagen concreta: familias yendo a la iglesia en pequeñas localidades, abriendo negocios… y el Gobierno Federal, lejos”. El segundo, “un eslogan incompleto”. «Sí, podemos…’, ¿pero qué? La política trata a menudo de decir lo que se puede hacer. Tras una tragedia, solía afirmar: ‘Esto no es lo que somos’. Y eso no es decir lo que sí somos”, señala.

¿Y cómo se construye un ‘nosotros’ en un país con realidades tan dispares sin dejar de lado las legítimas narrativas y preocupaciones de las minorías? «Lo único en común es la ciudadanía. Por eso abogo por poner el foco ahí y no en entender unos las vidas de los otros», responde antes de pedir que no se “sobreinterprete” la victoria de Trump. “Rellenó un espacio vacío”, el que habían dejado demócratas y republicanos clásicos al no convencer con su proyecto de futuro.

Lilla considera que su análisis también es aplicable a Europa, donde los partidos de izquierda, tras haber «perdido a la clase trabajadora y no creer ya en el socialismo», no saben «cuál es su próximo proyecto». «Hay una crisis de legitimidad democrática en Europa por dos motivos: el proyecto europeo, que es de las élites y solo indirectamente democrático, y la inmigración sin control. La gente no siente que controle su destino político. Estoy convencido de que la izquierda, en cualquier lugar, tiene que redescubrir las virtudes del Estado-nación, de la ciudadanía y de las fronteras”, concluye.

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