Saludos nazis en Sajonia

, | 9 octubre, 2018

RAFAEL RAMOS. LA VANGUARDIA.- Los fanáticos del Dinamo de Dresde tendrían razones para odiar a los rusos (por la guerra y la mano de hierro con que dominaron la Alemania del Este), a la Stasi (porque se llevó el equipo a Berlín), a los británicos (por el bombardeo gratuito y vengativo de la ciudad), a los aliados occidentales (por haber desmantelado los clubs de fútbol germanos tras su victoria), a sus compatriotas del Oeste (por ser más ricos y dejarlo claro), a los bancos (por haber llevado a la entidad a la bancarrota) y a la federación (por haberlo relegado a categoría regional tras la quiebra). Pero, cosas de la vida, con quien la toman es con los inmigrantes.

El Dinamo tiene una de las hinchadas más animosas y leales de Europa (35.000 aficionados acuden a los partidos de la Bundesliga 2, en la que milita, y ni en los peores momentos le han dado la espalda). Pero entre sus seguidores hay un sector muy importante que simpatiza con los ultraconservadores de la AFD (Alternative für Deutschland), e incluso con los racistas xenófobos de Pegida. Y que son neonazis.

Hace ya años que en las gradas del histórico Rudolf-Harbig Stadion (ahora rebautizado DDV Stadion, el consorcio mediático que lo patrocina) se respira un ambiente bastante facha. El año pasado, en una foto que dio la vuelta al mundo, dos mil hooligans del Dinamo se presentaron en el campo del Kalsruhe en uniforme militar de los pies a la cabeza, dando lugar a una sanción federativa más en la larga historia de multas y castigos de que ha sido objeto desde la reunificación. En otros campos han descuajaringado los asientos, destrozado los chiringuitos de comida y los cuartos de baño. Los enfrentamientos con la policía están a la orden del día. Les encanta lanzar bengalas (organizaron una campaña para que fueran permitidas), y cantar a coro Weiss ihr wo Ich wonne?, Ich wohne in der Zone (¿Sabéis donde vivo?, vivo en la zona).

“Die Zone” era como se llamaba en argot a la Alemania del Este. Y a a pesar de que el muro cayó hace ya casi treinta años, parte de la ira de los habitantes de Dresde, Leipzig, Chemnitz, Cottbus y otras ciudades sajonas es que se sienten discriminados respecto a los del Oeste. Que siguen dividiendo el mundo en ossies y wessis, siendo estos últimos los privilegiados que tienen más dinero y viven mejor, aunque se suponga que ahora todos son iguales. Y esa rabia existencial la vuelcan en los inmigrantes, sobre todo musulmanes, por diluir la identidad de sus comunidades, quitarles trabajos y saturar los servicios sociales. Argumentos parecidos a los de los seguidores de Le Pen y Salvini, de los Nuevos Demócratas suecos, y de un sector importante de los partidarios del Brexit y Trump.

Sus hooligans son ahora de ultraderecha, pero el Dinamo nació en 1953 como el equipo “soviético” de la ciudad, el club de la policía. Justo cuando acababa de consolidarse, Erich Mielke, el histórico y nefasto director de la Stasi (Servicio de Seguridad de la Alemania del Este), celoso, lo trasladó a Berlín con todos sus mejores jugadores para que lucieran sus artes en la capital del Reich a mayor gloria del Führer, y prácticamente tuvo que empezar otra vez a partir de cero. Aun así consiguió dominar la Oberliga en los años setenta, tiene ocho títulos de campeón en sus vitrinas e hizo sus pinitos internacionalmente.

Tras la reunificación aguantó cuatro temporadas en la Bundesliga (91 a 95), pero fue endeudándose progresivamente, descendió, fue a la quiebra y la federación lo relegó a regional. Tras una larga travesía por el desierto, se ha consolidado en segunda división, pero Dresde es la ciudad más grande de Alemania que no tiene un club en la máxima categoría. En el bloque K del Rudolf-Harbig-Stadion –situado en el llamado “distrito inglés” de la ciudad– no hay que hurgar mucho para que surjan las teorías de la conspiración: los bancos del Oeste nos llevaron a la ruina con sus créditos usureros y sus exigencias no razonables, los wessis no quieren que haya equipos del Este, a excepción del RB Leipzig, que es de una multinacional capitalista, la bebida Red Bull.

Recién ahora el Dinamo acaba de liquidar su deuda y sanear la economía. Va noveno en segunda , y se permite soñar con regresar a la Bundesliga. Sus hinchas no perdonan a los aliados que desmantelaran todos los clubs deportivos de la Alemania del Este tras la guerra como parte del proceso de desnazificación, ni a los comunistas que se llevaran el equipo a Berlín. Están resentidos, como tanta gente en Sajonia, por el paro y los sueldos basura. Wir wider kommen (hemos vuelto), gritan los ultras, alzando el brazo. Son muy animosos, pero entre ellos hay pocas caras de color.

El equipo de Marx

“Nuestra ciudad, nuestras reglas”, “Alemania para los alemanes”, Wir sin das Volk (somos el pueblo), gritan los hinchas del Chemnitzer FC, equipo de cuarta división, que se han hecho tristemente famosos por su filonazismo y su participación en las manifestaciones y enfrentamientos de hace unas semanas en la localidad sajona. Cuando la ciudad fue rebautizada Karl Marx Stadt (en su plaza central hay un enorme busto del filósofo), también el equipo cambió de nombre. Pero sus hinchas no tienen nada de marxistas. Su principal rival es el Babelsberg 03, porque está considerado un club de izquierdas.  

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