“Los países que afrontan la migración en primera línea merecen nuestra solidaridad”

| 19 julio, 2019

Von der Leyen analiza los retos que afronta Europa en una entrevista tras la apretada votación en la Eurocámara de su nombramiento

BERNARDO DE MIGUEL. EL PAÍS.- Ursula von der Leyen (1958), la presidenta electa de la Comisión Europea, llegará a Bruselas con algunas hipotecas, entre ellas, el apoyo de los Gobiernos de Viktor Orbán (Hungría) y Jaroslaw Kaczynski (Polonia) o una investidura en el Parlamento Europeo que le ha deparado el respaldo más exiguo de un candidato al cargo desde 1995. Pero la ya exministra alemana de Defensa no da señales de arredrarse durante la primera tanda de entrevistas que concede desde la apretada votación en Estrasburgo de su candidatura. Von der Leyen recibe en Berlín a EL PAÍS y otros cuatro diarios del grupo LENA para una larga y relajada charla en la que se muestra prudente sobre los detalles de su futuro programa de trabajo, pero en la que también sorprende con tajantes declaraciones sobre los temas que le disgustan, como la política de trincheras y eslóganes simplistas, o el permanente bloqueo en temas tan esenciales como la integración de la unión monetaria o la política migratoria. En ambos casos, envía un claro mensaje hacia países como España, con la voluntad expresa de apoyar a los países que afrontan los flujos migratorios en primera línea y la promesa de un sistema de reaseguro del paro que ayude a capear batacazos tan brutales como el sufrido durante la reciente crisis del euro.  

Pregunta. Va a ser la primera mujer de la historia al frente de la Comisión Europea. ¿En qué se notará?

Respuesta. En primer lugar, en que la Comisión tendrá tantas mujeres como hombres alrededor de la mesa. Eso proporcionará una perspectiva diferente sobre los problemas y las soluciones porque todos tenemos diferentes backgrounds. Y espero que se visualice con soluciones pragmáticas. Siempre he sentido, también durante los últimos 14 días en los que he estado tratando de lograr una mayoría en el Parlamento Europeo, que es más fácil tender puentes con las mujeres. A menudo tienen la voluntad de ser muy pragmáticas y orientadas hacia el resultado.

P. El presidente saliente, Jean-Claude Juncker, define su Comisión como política. ¿A qué tipo de Comisión aspira usted?

R. Por lo general, no me gustaría colocar un adjetivo a la palabra Comisión. Pero si tuviera que elegir uno, la llamaría Comisión geopolítica. La UE debe estar unida, fuerte y desempeñar un papel clave en la escena mundial. El mundo está pidiendo más Europa.

P. Un área donde no ha habido mucho entendimiento es en la política europea de migración. Usted dice que quiere tender puentes. Pero ¿cómo espera lograrlo después de cuatro años en los que se ha ampliado la división?

R. Si los últimos cuatro años nos han enseñado algo es que las respuestas simples no nos llevan a ningún sitio. Lo único que hemos oído ha sido “hay que cerrar las fronteras y parar la migración” o “debemos acudir al rescate en el Mediterráneo y punto”. Ya hemos visto que la migración no es un fenómeno que vaya a desaparecer y que hay un límite a la capacidad de integración. Y al mismo tiempo debemos buscar soluciones humanitarias. Hace tiempo que se necesita un planteamiento global. Necesitamos una gran inversión en África para reducir la presión migratoria. Al mismo tiempo, debemos combatir el crimen organizado, reformar Dublín y garantizar que Schengen puede sobrevivir con la protección de nuestras fronteras.

P. ¿Las ONG deben continuar salvando vidas en el Mediterráneo?

R. Nuestro planteamiento político debe concentrarse, en primer lugar, en evitar que la gente se lance al mar en lanchas. Hemos tenido bastante éxito en combatir el crimen organizado con Turquía, Marruecos o Argelia. Una vez que la gente se aventura en esos viajes mortales, tenemos obligación de ayudarles. Salvar vidas siempre es una obligación, pero solo salvar vidas no resuelve nada del principal asunto. Y cuando los refugiados están en la costa, hay que ser claros. Quienes llegan de manera irregular y no tienen derecho a pedir asilo, deben irse de vuelta. Gracias a nuestro acuerdo [de retorno] con Turquía, hemos reducido la llegada de emigrantes de 5.000 al día a un par de cientos.

P. Pero mientras tanto, el ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, frena y criminaliza ONG como Seawatch.

R. Es una obligación humana rescatar a la gente que se está ahogando. Lo que Italia quiere es una reforma del sistema disfuncional de Dublín [que obliga al primer país de llegada a gestionar la petición de asilo]. Y debo admitir que me pregunto cómo un acuerdo tan fallido pudo llegar a firmarse. Puedo entender que los países de la frontera exterior no quieren que se les deje solos en la gestión del desafío migratorio. Merecen nuestra solidaridad.

P. Usted defiende que todos los Estados fijen un salario mínimo y que se introduzca un reaseguro de desempleo. Pero ¿cómo va a sacar adelante esas ideas si ni siquiera su propio país, Alemania, las apoya?

R. Todo lo contrario. Alemania ha tenido una experiencia muy positiva con un salario mínimo ajustado a través de la negociación colectiva entre patronales y sindicatos. Se trata de introducirlo de manera correcta. Si alguien trabaja a tiempo completo, debe ser capaz de mantenerse financieramente por sí mismo. Si no es así, empujamos a que la gente salga del mercado laboral legal y se vaya al mercado negro, y eso no redunda en beneficio de nadie. En cuanto al reaseguro de desempleo, la idea es que los países dispongan de instrumentos que sirvan de colchón ante un shock externo como sería un Brexit sin acuerdo. En Alemania aprendimos durante la crisis financiera que es mejor optar por trabajo a tiempo parcial en tiempos de crisis y así evitar despidos masivos. De esa manera se retiene a los trabajadores cualificados y siguen en el lugar de trabajo cuando la economía rebota de nuevo. Un reaseguro de desempleo te permite capear los tiempos difíciles en caso de un shock externo en tu economía.

P. Jean-Claude Juncker siempre ha reivindicado su condición de presidente político de la Comisión, dispuesto a explotar toda la flexibilidad permitida por el Pacto de Estabilidad. Pero hay países, como los de la llamada Liga hanseática, que defienden la aplicación de las normas a rajatabla. ¿En qué campo milita usted?

R. Tenemos muchos eslóganes en el debate europeo que inmediatamente impiden cualquier posibilidad real de diálogo. De manera instantánea sabemos de qué pie cojea cada uno cuando se refiere a una unión de transferencias o a una política de austeridad. Mi deseo firme es cambiar el lenguaje para que haya voluntad de escucharse unos a otros y concentrarse en soluciones pragmáticas, que es lo que la gente espera de nosotros. En el caso del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, por ejemplo, ofrece opciones de flexibilidad que se pueden usar sin que sea necesario violar las normas.

P. Ha presentado objetivos muy ambiciosos para luchar contra el cambio climático. Pero, ¿cómo piensa financiarlo? ¿Y qué va a hacer con los países reacios a apoyar esas propuestas?

R. Sinceramente, creo que en este tema toda Europa ha entendido el mensaje. La cuenta atrás avanza, se nos está agotando el tiempo. Debemos concentrarnos en cambiar conductas, encarecer las emisiones de CO2, invertir en Investigación y Desarrollo y en una financiación verde. Y es igual de importante garantizar una transición justa, porque no todas las regiones parten del mismo punto de salida. Lo que es bueno para el planeta debe ser también bueno para nuestra gente y nuestra economía.

P. Ya, ¿pero de dónde saldrá el dinero para todo eso?

R. Es una cuestión de fijar las prioridades adecuadas en el futuro Marco Financiero plurianual [de la UE, para 2021-2027]. Si no invertimos ahora en esas áreas, pagaremos mucho más caro después los costes de unas emisiones elevadas, de unas tecnologías trasnochadas y habrá que añadir las compensaciones por la pérdida de empleos que ese retraso acarreará. Si Europa toma la delantera, puede rentabilizar ese liderazgo. En los próximos meses desarrollaremos un plan de trabajo más detallado.

P. ¿Es partidaria de castigar a los países que violan el Estado de derecho y los valores fundamentales de la UE reduciéndoles los fondos estructurales?

R. El Estado de derecho es uno de esos valores sagrados de la UE. Pero para enfriar las emociones desatadas, apoyamos la introducción de un mecanismo que añadirá transparencia a la información que hay sobre la situación del Estado de derecho en cada país. Esto garantizará que no se trata de señalar a ningún Estado en particular, sino que todos estarán sometidos a escrutinio.

P. Entonces, ¿no le parece especialmente preocupante el ascenso del populismo en Europa central y del Este?

R. Siempre veremos disputas internas sobre las diferentes formas de avanzar de cada país. La respuesta es trabajar duro para tener mejores argumentos, convencer a la gente, ofrecer mejores políticas y entender que la democracia es frágil y no se puede dar por descontada. Esa debería ser la lección que extraigamos del Brexit.

P. La democracia está bajo presión y la influencia de Rusia en Europa está creciendo. ¿Le preocupa esa expansión del poder de Moscú?

R. Hemos asistido a conductas hostiles desde hace ya bastante tiempo. Desde violaciones de las normas internacionales, como la anexión de Crimea, a los intentos de dividir Europa todo lo posible. El Kremlin no perdona ningún tipo de debilidad. Desde una posición de fortaleza debemos mantener las sanciones actuales y, al mismo tiempo, seguir ofreciendo diálogo. También estamos mejorando en el desmantelamiento de los complots de desinformación y de las campañas de noticias falsas en las redes sociales. Nuestro privilegio, como democracias, es responder con transparencia, libertad de prensa y debates abiertos.

“LOS PAÍSES DEL ESTE CONFÍAN EN MI PRAGMATISMO”

P. ¿Cuándo se enteró de la mayoría que había obtenido en el Parlamento, al  anunciarlo el presidente de la Eurocámara o antes?

R. Tenía información de que iba a ser muy apretada. Así que me sentí abrumada cuando el presidente del Parlamento anunció el resultado momentos después. Se había acumulado mucho suspense porque no podía estar segura en los días previos del respaldo que iba a obtener. Ni siquiera en la mañana en que di el discurso, cuando la gente me decía que le había gustado. Pero yo sabía que había defendido unas posiciones claras que podían convencer a algunos pero, al mismo tiempo, disgustar a otros.

P. Logró la mayoría por un estrecho margen. ¿Cómo explica el abultado voto en contra?

R. La frase que más he escuchado en los dos últimos días ha sido: ‘No es nada personal, pero…’. Bueno, entiendo que muchos parlamentarios estaban enfadados porque los jefes de Estado de la UE habían optado por mí en lugar de proponer a uno de los candidatos principales para presidir la Comisión. Aun así, Manfred Weber me apoyó muchísimo y no hubiera sido posible lograrlo sin contar con él. Y por supuesto, había otros que votaron contra mí porque presenté un programa claramente proeuropeo que no comparten.

P. Pero hubo fuerzas euroescépticas, como los húngaros de Fidesz, los polacos de PiS o los italianos del Movimiento 5 Estrellas que la apoyaron. ¿Es un lastre ese voto?

R. La mayoría vino de Renovar Europa, Partido Popular Europeo y Socialistas y Demócratas (S&D). El nuevo Parlamento es muy heterogéneo. Y el trabajo que tenemos por delante consistirá en encontrar mayorías estables para los diferentes asuntos y quizá una mayoría nueva en cada caso. Es un reto, pero también una oportunidad de trabajar con mayorías en cualquier tema.

P. ¿Ha ofrecido algo a cambio del voto a Fidesz o PiS?

R. Los países de Europa central y del Este me han dado su confianza porque me conocían de mi etapa como ministra de Defensa. En ese período hemos tenido discrepancias sobre temas de defensa, pero creo que muchos colegas de los ministerios de Defensa me recomendaron como alguien con quien se puede trabajar de manera pragmática. Eso ayudó un montón. Y cuando ves la división entre Europa central y del Este y la occidental, en realidad lo que percibo es un deseo de tener mejor aceptación y ser más visibles.

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