Las últimas horas de José Ignacio Ustaran, asesinado por ETA hace 40 años: «Otegi sabe quién mató a mi marido»

, , , | 6 octubre, 2020

Se cumplen 40 años del asesinato de José Ignacio Ustaran, candidato de UCD al Parlamento vasco. Tres etarras se lo llevaron delante de su esposa y sus tres hijos. Esta es la historia de aquella terrible noche

PEDRO SIMÓN. EL MUNDO.- Una terrorista allí dentro, una que acaba de irrumpir en la casa a las 21.00 horas con otros dos etarras, bien visible el arma que no es de juguete. En esos 15 metros cuadrados donde huele bien y que de repente parecen sólo dos.

Así 30 minutos. Sin probar nadie bocado. Los niños con los ojos muy abiertos y la boca muy cerrada. La terrorista del pañuelo campero a la cabeza cada vez más nerviosa. Apostada en la puerta de la cocina y mirando constantemente hacia el pasillo. Dejando que la sopa se enfríe, pero se ponga al rojo vivo todo lo demás.

«Se han equivocado, la política soy yo, llévenme a mí», repite la madre en bucle.

A los niños les llama la atención que la terrorista arranque los cables del teléfono. Cuando se entere papá.

No va a pasar nada bueno. Nadie va a cenar. Son las 21.30 horas y sigue ese silencio. Hasta que los otros dos terroristas que están interrogando al padre mientras le encañonan, lo sacan del despacho, le dicen a la chica del pañuelo campero que ya está, que vamos, que rápido, y se lo llevan para siempre.

Sucedió un 29 de septiembre de 1980. Este martes se cumplieron justo 40 años. Mariola iba a cumplir siete al día siguiente y venía de comprar piruletas para repartir. José Ignacio hijo tenía 13 y estaba estudiando en su cuarto. Esther tenía 15 y estaba fuera con una amiga. Rocío tenía 10 y nos cuenta que -45 minutos más tarde- tendría por los menos el triple.

José Ignacio Ustaran, candidato por UCD a las primeras elecciones al Parlamento Vasco, le encontraron a las 22.15 horas. Su cuerpo yacía sin vida en los asientos de atrás de su Talbot verde. El vehículo fue abandonado a la entrada del garaje de la sede de UCD en Vitoria, en la calle San Prudencio. Tenía 41 años y dos tiros en la cabeza.

Cuatro décadas después de su asesinato, Papel ha tenido acceso al testamento político del perito industrial. Unos manuscritos hasta ahora inéditos donde Ustaran escribe que el terrorismo «se alimenta del paro», «de los partidos extremistas», «de la delincuencia». Anota herramientas para combatir a ETA: «Más policías secretas», «más y mejor servicio de información», «más adelantos técnicos», «menos policías con odio», «más dinero». Y advierte: «No es solución el llenar al País Vasco de FOP [Fuerzas del Orden Público] y de tanques pues sólo sería detener de momento el cáncer e incentivar a los simpatizantes de HB (mucho odio, no es solución la pena de muerte, no es solución el Batallón Vasco Español, más odio)».

Del político hablan sus escritos. Del padre nos habla la hija: Rocío Ustaran, que aún recuerda aquella extraña cena como el principio de una úlcera.

«Mariola y yo acabábamos de venir de comprar chuches para su cumpleaños. Nos duchamos. Estuvimos con él en su despacho, le contamos todo lo que habíamos comprado y nos fuimos a la cocina. Allí estaban Juliana (la mujer que nos ayudaba en casa), mamá y nosotras dos, cuando llamaron al telefonillo. Dijo la voz: ‘¿José Ignacio Ustaran?’. ‘Sí, vive aquí’. ‘Vengo a traerle un paquete’. Al poco llamaron a la puerta. Era una chica: ‘¿Está él?’. ‘Sí’, dijo mamá. Entonces fue justo cuando los otros dos terroristas salieron de la escalera con sus pistolas y se metieron dentro».

«Un etarra se fue directamente a buscar a mi padre y se quedó con él en el despacho; otro fue a por mi hermano y lo trajo a la cocina con todos; la chica se quedó con nosotros allí en la cocina», prosigue. «La pequeña preguntó: ‘¿Qué pasa?’. Y yo me di cuenta de que estaba pasando algo muy grave cuando vi la cara absolutamente blanca de mi hermano José Ignacio nada más traerlo de su cuarto. Era muy comilón. Juliana le preguntó que si iba a cenar y él dijo que no. Le habían sacado de su cuarto, le habían pasado por el despacho de papá, allí había visto cómo le tenían encañonado y cómo papá lo miró a los ojos».

Papá y esos ojos. Papá y los cangrejos que iban a pescar a La Rioja. Papá jugando al tenis. Papá y un bocadillo en el campo. Y también papá escribiendo en su despacho.

En los manuscritos inéditos hasta ahora, el político anota: «Solución política: dar el máximo de competencias al país para que el PNV, partido mayoritario, no sienta la necesidad de apoyar a ETA para conseguirlas». Y además: «Solución cultural: impartir cultura general, no de partidos, de forma que se vaya formando una juventud apolítica cuya visión futura sea la de engrandecer al País Vasco sin olvidar que este entra dentro de España».

Son muy jóvenes los tres terroristas que quieren engrandecer Euskal Herria a su modo y acaban de entrar a su casa. Ella está nerviosa. Otro va y viene del despacho a la cocina. El tercero de los etarras permanece con el padre de los cuatro niños en el despacho. Los intrusos no van a leer las notas que ha escrito el político sobre la solución cultural. Van a hacer otra cosa: asegurarse de que no escriba nada más.

«Mi madre [Charo Muela] seguía insistiendo en que se estaban equivocando con mi padre, les decía que ella era la política [era concejal de UCD en Vitoria] y no él. Creo que mamá pensaba que les daría más pudor hacerle algo siendo mujer. La chica etarra dudó y fue a preguntar. Regresó. Mamá empezó a decirles entonces que no teníamos nada, por si era un secuestro. Cada vez estaba peor. Para mí, aquella media hora fue una mezcla de miedo y de incredulidad. Hasta que uno se acercó y nos dijo que se lo llevaban, que no saliésemos de la cocina hasta pasada una hora porque si no lo mataban».

Evidentemente, no aguantaron una hora. Tampoco se quedaron de brazos cruzados. Al poco de irse, Charo llamó al tío Mikel desde el teléfono de una vecina. Luego la casa empezó a llenarse de gente que intentaba ayudar a encontrarlo. «Hasta que mi madre dio un grito desgarrador, tremendo, y entonces supimos».

(…)

Noviembre de 1980. Sevilla. Una viuda. Un hijo y tres hijas. Unas maletas. Con unos manuscritos que leemos hoy.

A las pocas semanas, ya estaban ubicados en la tierra de su madre. Aunque entre un lugar y otro hay más de 800 kilómetros, lo cierto es que todos siguieron durante un tiempo en aquella cocina.

«Para mamá fue muy duro dejar el País Vasco, porque trabajaba con mi padre y porque estuvo 17 años allí. Para Esther, que llegó a los cinco minutos de que se llevaran a papá, fue complicado porque le pilló en la adolescencia. Para José fue difícil porque era el único chico y quiso un poco coger el papel del varón protector. Mariola se acuerda de ese día con pelos y señales. ¿Para mí? Recuerdo que vivía con miedo. Me daba miedo la gente, todo me parecía raro, tenía dificultades para dormir. En el colegio de Sevilla no decía que mi padre había muerto. De ese modo. Cómo explicas eso».

Las recetas contra el terrorismo que Ustaran escribió días antes de su asesinato
Las recetas contra el terrorismo que Ustaran escribió días antes de su asesinato

En el sumario de su caso se explica bien poco.

El caso apenas se investigó en los juzgados de Vitoria. Cuando el sumario llegó a la Audiencia Nacional, se cerró «a los tres días». Hace apenas dos años, la familia logró reabrirlo. Entonces leyeron.

El informe policial dice que fue una carabina del 22.

Que esquivó un primer tiro dentro del coche.

Que hay unos restos de sangre sin identificar.

-¿Y nada más?

-Y nada más. El robo de cualquier bolso tiene una investigación más profunda de la que tuvo el asesinato de mi padre.

La caligrafía de José Ignacio parece la de un médico, pero se le entiende todo: niega hasta tres veces el odio, habla de la educación, no le tiembla el pulso. Eso es lo que les enseñó él, cuenta.

«Yo no sabía que existían estos papeles de mi padre, pero de algún modo es como si su diagnóstico siguiera siendo válido… Nos educaron en la tolerancia. No somos ni de derechas ni de izquierdas. Lo que ocurre es que, con el olvido, con más de 300 asesinatos sin resolver, con el presidente lamentando la muerte del asesino de Miguel Ángel Blanco, con todo eso, están logrando radicalizarnos. Se habla de la memoria histórica y me parece fenomenal, necesario, lo comprendo. Pero hay otra historia y otra memoria recientes que quieren olvidar y blanquear: la de los asesinos. Me repugna que se utilice la palabra violencia en vez de la palabra terrorismo. Hay una generación que no sabe qué fue ETA. Y eso no se puede olvidar».

Lo que no olvida Charo Muela, la viuda, es cómo abrazó a los cuatro hijos nada más conocer la noticia, solos los cinco en medio de

tanta gente. «Cuando entré en política, lo hice con mucha ilusión por la democracia y la libertad. Ya he perdido toda esa ilusión. No me queda nada», apunta. «Otegi sabe quién mató a José Ignacio. Porque él estaba en ETA político militar por entonces y eran muy pocos. No deja de sorprenderme que ahora tengamos que aguantarlo como hombre de paz».

Estuvieron mucho tiempo sin hablar de aquella media hora. Rocío cree que no sacaban el tema para no hacerse daño. Hay quien, desde aquella cena, ya no soporta la sopa.

Pero la vida sigue como mandan los niños.

Esther tiene dos hijos. José Ignacio tiene tres. Rocío tiene cuatro, como su padre. Y Mariola tiene uno.

Precisamente, el año pasado cumplió siete. Su madre lo celebró de un modo muy especial. Porque ella nunca pudo celebrar de un modo normal su séptimo aniversario. Ni casi ninguno: siempre cumple años después de la noche en que asesinaron a papá.

Todavía se acuerda Rocío del día siguiente.

Unos, llorando. Otros, llevándole algún obsequio a la hermana pequeña. Muchos haciendo las dos cosas. Y Mariola allí, con sus siete años recién cumplidos. «Ofreciendo café a la gente que estaba en el velatorio con un juego de cacharritos que le habían regalado».

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