La voz de Vox

| 30 septiembre, 2018

ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ.- La palabra voz viene del latín vox (voz, sonido, acento, también grito). De ella derivan palabras como vocal o vociferar, por ejemplo. La intervención de ayer de Javier Ortega Smith, secretario general de Vox, en la concentración final de Jusapol (Justicia Salarial Policial) en la Plaza Catalunya es una seria advertencia -una más- de la capacidad de Vox para interpretar estados de ánimo, darles sentido movilizador, dimensionarlos con voz política y pretender representarlos en las instituciones. Ortega vociferó en clave mitinera, colocó sus mensajes medidos y compactos y les dio proyecto a los concentrados. Dar voz, hacer suya las voces olvidadas o ignoradas es el primer paso para la representación política.

Los sindicatos mayoritarios como el Sindicato Unificado de Policía (SUP), la Confederación Española de Policía (CEP), la Unión Federal de Policía (UFP) y el Sindicato Profesional de Policía (SPP) han expresado su distanciamiento con la manifestación en Barcelona por parte de Jusapol, y les han acusado de convocar una manifestación “inoportuna, ambigua y populista” que perjudica gravemente “la normalización” que desean los miembros de la Policía y la Guardia Civil “destinados en Catalunya los 365 días del año”. Pero ayer la pelea no era por la representación sindical, sino por la representación política del agravio, del desprecio y de la discriminación que, según Vox, padecen los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado.

 

Esta capacidad de Vox para interpretar la “España que no se rinde” se nutre de un sentimiento de humillación que germina en buena parte de los funcionarios del orden público tras el 1-O, especialmente. La sensación de que el independentismo fue capaz de burlar (y ridiculizar) al Estado con la operación urnas, así como los gravísimos errores cometidos por el Gobierno anterior en su vano intento de impedir la votación han dejado un poso de frustración, resquemor y, también, vergüenza entre amplios sectores de la Policía Nacional y Guardia Civil. Vox intuye, como siempre lo ha hecho el pensamiento autoritario, que la humillación es un terreno fértil para alimentar las pasiones políticas.

El alegato de Javier Ortega tuvo buena técnica: uso preciso de las palabras clave, retórica de resistencia, comunión con la audiencia, oratoria expresiva, comunicación gestual potente (con el dedo acusador) y escenificación simbólica en el escenario (con la bandera “roja y gualda” en su bolsillo). Pero hay más: la voz rasgada, ronca, de Ortega le dio un registro de resistencia épica a su intervención. Una voz poderosa al servicio de un Vox cada vez más audaz y conectado con la creciente influencia del pensamiento de derecha extrema que hoy recorre Europa y que aspira a dar una gran sorpresa en las elecciones al Parlamento Europeo del año próximo.

No es de extrañar, entonces, que Ortega dedicara una parte importante de su mitin a criticar Europa: “no nos representan porque están permitiendo que se violen nuestras fronteras y no nos entregan a los golpistas como Puigdemont”. Y otro dardo muy preciso dedicado a los gobiernos “acobardados y puestos de rodillas” de los que quieren romper España. Vox prometió cambio y orgullo: “Muy pronto, queridos policías y guardias civiles, vuestra voz, la voz de esta España que no se rinde va a estar en el Congreso de los Diputados”. Vamos, de manual. Y bien ejecutado.

Vox tiene un plan: voz y voto. Primero la voz (escuchar las voces humilladas, ignoradas o despreciadas; dar voz y ser portavoz de esta España ridiculizada); y luego convertir las voces en votos. Vista la concentración de ayer, la primera parte del plan está consolidándose. La voz de Vox está ahí. El salto para transformarse en voto es posible y muy creíble.

 

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