La violencia sexual contra las mujeres: una estrategia ‘yihadista’

| 19 abril, 2018

Cómo Daesh y otros grupos yihadistas violan y venden mujeres sistemáticamente para destruir comunidades, financiarse e incluso reclutar a las propias mujeres que han sido víctimas de estos abusos.

ISABEL GARCÍA. ESGLOBAL.- La violencia sexual contra las mujeres se ha mantenido como una constante en los conflictos armados a lo largo de la historia, llegando incluso a constituirse la violación como un crimen contra la humanidad tras las contiendas de los Balcanes y Ruanda. Su práctica ayuda a compensar la falta de poder de un bando, subordinando y humillando al contrario. Los grupos islamistas también han adoptado esta táctica, llegando incluso a formar parte de sus objetivos estratégicos y de su ideología.  Se trata de un instrumento que les permite aumentar su poder afianzando lazos entre sus miembros, destruyendo el futuro de comunidades o incluso como método de financiación y de reclutamiento de las propias mujeres que han sido víctimas de este tipo de abusos.

Y es que, en las sociedades patriarcales, la violación constituye un factor de radicalización entre las mujeres, ya que tras sufrir abusos sexuales éstas quedan estigmatizadas por su propia comunidad que las rechaza, dejándolas fuera del matrimonio y la maternidad. Cuando una mujer considera que se ha desviado del rol de género que se presupone para ella en la sociedad en la que vive y a través del cual construye su propia identidad, estas pueden acabar sucumbiendo al discurso yihadista. Conscientes de estas normas culturales, Al Qaeda en Irak (AQI), uno de los grupos que ha llevado a cabo más atentados con mujeres en la historia moderna, usó la violación como modo de reclutamiento.

En 2009 fue arrestada la iraquí Samira Ahmed Jassim, quien ordenó la violación de 80 mujeres en un periodo de dos años con el objetivo de crear escuadrones suicidas para atentar en el nombre de AQI. Samira se encargaba de seleccionar a mujeres con problemas económicos o emocionalmente vulnerables y después de ordenar la violación, las convencía de que la única manera de redimirse de la deshonra provocada por los abusos y de restablecer el código de honor era a través de un ataque suicida.

En ocasiones estas violaciones se llevan a cabo en grupo para reforzar el espíritu de camaradería de los miembros de la organización, ya que les ayuda a crear una identidad compartida en torno a estos abusos, que además son justificados en la propaganda yihadista. Así, en varios números de la revista de cabecera de Daesh, aparecieron artículos en los que se animaba a la violación de mujeres pertenecientes a la religión yazidí y a su tratamiento como esclavas debido a su condición de apóstatas. Este mismo destino sufren las mujeres cristianas que llegan a Libia con la intención de cruzar a Europa en busca de un futuro mejor. Allí, facciones que han jurado lealtad a Daesh, ponen en práctica esta misma estrategia y someten a las mujeres a todo tipo de vejaciones.

Esta violencia sexual ejercida contra las mujeres traspasa la humillación individual de las víctimas, ya que se utiliza como una manera de consolidar la hegemonía del grupo frente el resto de etnias o religiones. Una de las cosas que ha distinguido a Daesh de otras organizaciones insurgentes es su rechazo a otras formas de identidad nacional basadas en la etnia. Controlando el cuerpo de las mujeres conquistan y arrebatan el futuro de otras comunidades. Daesh es tan consciente de cómo la violencia sexual puede quebrar el espíritu de las familias que llegó a forzar a sus víctimas a llamar a sus padres para contarles cuál era su destino dentro del grupo.

Nueva generación

Sin embargo, no son las únicas razones por las que los grupos yihadistas emplean la violencia sexual contra las mujeres de manera sistemática y como parte de su estrategia. La BBC publicó un documentalen mayo de 2017 denunciando que Al Shabaab estaba secuestrando a mujeres en Kenia para utilizarlas como esclavas sexuales. Las mujeres son atraídas al país vecino con la promesa de un empleo y una vez en Somalia son obligadas a convertirse en las esposas de los militantes del grupo islamista. La mujer de un excombatiente explica que hay un programa diseñado para criar a la próxima generación de yihadistas.

“Quieren multiplicarse, así que solamente utilizan a las mujeres para dar a luz”. De este modo, la violencia sexual no es meramente casual sino que el grupo busca de manera deliberada su continuidad a través de sus cuerpos, ya que pese a que estas sean identificadas como infieles, los hijos son considerados parte de su legado y nacen como yihadistas de pleno derecho. Aunque el gobierno de Kenia está al tanto de la situación, no hay estadísticas sobre el número de mujeres secuestradas por el grupo, que sigue actuando con total impunidad.

Tráfico de mujeres

Algunos grupos terroristas, además, sacan beneficio económico traficando con mujeres y niñas. Daesh llegó a establecer verdaderos mercados sexuales durante el califato, llegándose a convertir en una de sus formas de financiación. Un informe de la Misión de Asistencia de Naciones Unidas para Irak (UNAMI en sus siglas en inglés) reveló que miembros del grupo vendían a mujeres yazidíes a hombres locales en el distrito de Al Quds, en Mosul. Esto indica que Daesh traficaba con ellas incluso fuera del grupo y además admitía pagos por parte de contrabandistas con los que contactaban las familias de las chicas. Sin embargo, no está clara la forma en la que funcionaban estos rescates, así como bajo qué condiciones podía vender Dáesh sus esclavas a quienes no pertenecían a la organización.

Por su parte, Hezbolá usa una práctica que se conoce como nikah mut’ah, una forma de matrimonio temporal solo aceptable dentro de las comunidades chiíes. El contrato consiste en una breve ceremonia en la que las mujeres acceden a casarse por un periodo de tiempo específico y por una dote determinada. Los críticos de esta práctica señalan que estos matrimonios funcionan como reclamo para atraer combatientes y como una tapadera para las redes de prostitución establecidas dentro de los suburbios de Beirut.

Es en estos suburbios donde se desmanteló en marzo de 2016 la mayor red de tráfico de personas descubierta en Líbano. Un total de 75 mujeres sirias fueron forzadas a la esclavitud sexual desde 2011, obligadas a tener relaciones sexuales hasta 10 veces al día después de ser vendidas por menos de 2.000 dólares. Una vez en los burdeles, las mujeres eran golpeadas, torturadas y electrocutadas si no recibían suficientes propinas de los clientes. Los traficantes atraían a las mujeres, algunas de ellas refugiadas, prometiéndoles un trabajo en la hostelería que les permitiera huir de los desastres de la guerra.

Según un informe de Human Rights Watch, más de una docena de personas fueron arrestadas por cargos de tráfico sexual en este caso. Ninguno de ellos estaba relacionado con Hezbolá. Sin embargo, el periodista libanés Jerry Maher afirma que la red estaba dirigida por un miembro de la organización, Alí Husien Zeaiter. “Un grupo de diputados de Hezbolá en el Parlamento libanés ayudó a los miembros de la red a meter de manera ilegal a las mujeres al Líbano. Los diputados del grupo también ordenaron a altos oficiales de seguridad libaneses que ayudasen y protegieran a los traficantes, mientras que, a cambio, recibían parte de las ganancias. Hezbolá usó estos ingresos para pagar los gastos de las familias de sus mártires”.

Las normas culturales han discriminado tradicionalmente a la mujer, que sigue siendo objeto, en la actualidad, de todo tipo de violencia sexual, convirtiéndose en una de las víctimas más vulnerables cuando se desata cualquier conflicto. La comunidad internacional, consciente de este cada vez más extendido uso por parte de grupos yihadistas, debería comenzar a regular en este sentido para ayudar a mitigar esta táctica de terror. Países como Libia, Siria o Irak cuentan con leyes que no protegen a las víctimas y que incluso las fuerza a casarse con sus propios verdugos para que estos eludan su castigo. La comunidad internacional debería presionar para cambiar estas normativas y promover la reintegración de las víctimas en sus hogares y en sociedad. Sin embargo, esto solo será posible si se logra redirigir la vergüenza y la deshonra con la que conviven las víctimas de violencia sexual hacía los responsables de esta táctica del terror.

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