La ultraderecha griega acecha el limbo

| 10 julio, 2018

La falta de asistencia a miles de migrantes hacinados en Lesbos convierte la convivencia en la isla en una bomba de relojería que Amanecer Dorado busca hacer explotar

Crecen los choques con los vecinos y el rechazo a refugiados en zonas turísticas

09/07/2018 El Mundo.- La solidaridad ejemplar de los vecinos de Lesbos se agota. “No me considero racista. Yo fui de los primeros que se lanzó a atender a los refugiados. Junto a mis amigos, recaptamos comida de la gente de aquí para ellos. Pero hemos llegado a un punto en que el malestar vecinal puede motivar arrebatos racistas”, advierte Aggelos, un joven agente inmobiliario en Mitilene. No es el único que da la alarma. La falta de soluciones políticas a un problema mal escondido bajo la alfombra que amenaza con estallar.

Han pasado tres años desde el verano en que la rápida asistencia desinteresada de la población griega fue crucial para la vida de las cientos de miles de personas que arribaron desde Turquía. Entremedias, en marzo de 2016, entró en vigor el polémico pacto entre Turquía y la UE, por el que Ankara readmitiría a todo migrante llegado a Grecia a cambio de relocalizar en Europa, por cada sirio readmitido, a otro sirio alojado en su territorio. Además, Turquía recibiría seis mil millones de euros para atender a sus ‘huéspedes’ sirios.

Las consecuencias del acuerdo, según ha constatado in situ EL MUNDO, distan sobremanera del ‘éxito’ celebrado recientemente por la UE. La burocracia ineficiente prolonga hasta la náusea los procesos de asilo, solicitables por todo llegado de forma irregular con al menos dos apelaciones posibles, y, según denuncian abogados, comete perjuicios graves a los migrantes. Hasta hoy, según datos de ACNUR, 1.650 personas han sido devueltas de Grecia a Turquía. El 40% son pakistaníes y un 18% sirios.

Aunque según ACNUR, el 47% de los devueltos “no expresó voluntad de pedir asilo o retiraron tal voluntad o su petición de asilo en Grecia”, Ariel Ricker, abogada en Lesbos y líder de la ONG Abogados en el Exterior, que asiste a solicitantes de asilo en temas legales, confronta los números: “Personalmente, tuve que quitar el ‘oxi’ (no, a solicitar asilo) de documentos de pakistaníes en 2016. La Policía solía escribir ‘oxi’ en lugar de ‘nai’ (sí) incluso cuando el pakistaní confirmaba que deseaba pedir asilo”.

Un limbo agónico

“Hay gente que está teniendo que esperar un año para hacer la entrevista rutinaria del proceso de solicitud de asilo”, añade Ricker. Un período de ansiedad que gran parte de los solicitantes deben aguardar hacinados en los ‘hotspot’ – eufemismo de centro de detención – como el infame Moria, durmiendo en catres, digiriendo alimentos en condiciones pésimas, sin higiene apropiada y, la mayoría, sin opciones de salir de la isla. En resumen, cerca de 58.000 solicitantes de asilo atrapados en Grecia, relegados a un limbo agónico.

“Todos los problemas médicos a los que nos enfrentamos en este momento tienen relación con el hecho de que la gente esté contenida en esta isla”, reconoce Caroline Willemen, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Lesbos. El mayor, subraya, son los trastornos mentales fruto de esta situación. No en vano, Moria ha sido testigo de al menos un intento de suicidio, de tres muertes por inhalación de monóxido de carbono, consecuencia de la necesidad de protegerse del frío en invierno, y de incontables brotes de tensión.

Los solicitantes de asilo han protagonizado numerosas protestas en Moria, denunciando sus condiciones de vida o exigiendo la aceleración de los trámites de asilo. Aunque en Lesbos habían sido minoría, las cabezas rapadas asomaron la cabeza en 2015 y, en los últimos tiempos, y al calor de la situación, se han envalentonado. El 23 de abril pasado, grupos ultraderechistas atacaron una concentración de migrantes en el centro de Mitilene con fuegos artificiales y bengalas al grito de “¡quemadlos vivos!”.

Aquel incidente, que acabó con graves disturbios, fue, según Aggelos, la gota que colmó el vaso vecinal. “Fue la primera vez que en Lesbos se vio a las fuerzas especiales de la Policía”, lamenta, “y eso quemó a muchos”. Un mes después, una reyerta entre migrantes árabes y kurdos desbordó Moria y dejó 14 heridos. Las aguas, hoy, parecen calmadas. Pero MSF advierte de que, en las condiciones actuales, la difícil convivencia en Lesbos sigue siendo una “bomba de relojería”con consecuencias políticas.

“Tradicionalmente, los votantes de la isla habían enviado al Parlamento a tres diputados: un representante socialista, antes del PASOK y ahora de Syriza, a uno de centroderecha y a otro comunista. En las próximas legislativas hay opciones reales de que uno de éstos sea de Amanecer Dorado“, advierte el abogado Emmanouil Chatzichalkias. “Explotan el discurso fácil del aumento de la criminalidad, que es cierto y lógico si la gente se queda aquí sin dinero ni tan siquiera para alimentarse”, añade.

“Los turistas no quieren ver refugiados”

Se estima que las personas llegadas irregularmente por mar a Lesbos suponen ya el 10% de su población. Y siguen llegando a las islas griegas, a una media de 87 diarias. Una cantidad mucho menor que antes del acuerdo pero que, dadas las condiciones, contribuye al embotellamiento local. Farshad Shamgholi, coordinador de emergencias en Lesbos de la ONG Lighthouse Relief, advierte de que la presión de las fuerzas de seguridad turcas, pactada con la UE, hace que los migrantes lleguen “exhaustos y en mal estado mental”.

Shamgholi y sus compañeros asisten a los recién llegados en Skala Sikamineas, una pequeña localidad de pescadores en el norte de Lesbos. Tal y como recuerda el joven, esta villa tiene décadas de experiencia acogiendo a refugiados, pues fue receptora de muchos griegos que huyeron de Anatolia en la guerra fundacional de la República de Turquía. “Por lo tanto”, explica, “aquí existe cierta comprensión. Aunque las dificultades económicas y la llegada de barcas a la luz del día han despertado molestias”.

En otras poblaciones turísticas de Lesbos, comenta Ariel Ricker, se han producido insultos e incluso rechazado la entrada de solicitantes de asilo a bares y restaurantes. “Es muy duro para ellos”, recuerda, “porque una de las cosas más importantes en países como Oriente Medio es la dignidad. Hasta el punto de que, a pesar de la difícil higiene en sitios como Moria, todos intentan ir acicalados”. Giorgios, propietario del primer bar que los migrantes ven nada más poner pie en el puerto de Skala, matiza: “Los turistas no quieren ver refugiados. No tengo ningún problema con que vengan, pero que no lo hagan en plena hora del vermú”.

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