La Hungría de Orbán, el país donde arraiga el odio

, , | 8 abril, 2018

La campaña contra la “amenaza extranjera” del primer ministro húngaro ha calado en la calle donde ‘inmigrante’ es un insulto

GINA TOSAS. LA VANGUARDIA.- En la Hungría de Viktor Orbán, la palabra ‘inmigrante’ es un insulto que se puede escuchar en la calle. El discurso antiinmigración de Fidesz, el partido gobernante en el país centroeuropeo en los últimos ocho años, ha calado en gran parte de la sociedad húngara, considerada la más intolerante con los musulmanes de Europa . Tal es la histeria ante la “amenaza extranjera” proclamada por el Gobierno de derechas que en alguna ocasión ciudadanos de a pie han denunciado turistas o deportistas procedentes de países árabes porque sospechaban que eran inmigrantes irregulares.

Así lo explica a LaVanguardia.com el investigador en Europa y Asia Central para Human Rights Watch (HRW), Todor Gardos. “Orbán ha cambiado el debate público introduciendo una retórica tóxica de odio contra los refugiados, inmigrantes, musulmanes y gitanos rumanos que cambia la manera como los húngaros ven a las minorías: como ciudadanos de segunda”.

Víktor Orbán, el primer ministro húngaro que este domingo aspira a conquistar su tercer mandato en las elecciones parlamentarias, ha basado su campaña (y sus últimos tres años de Gobierno) en una incesante idea: el ‘enemigo’ extranjero. Sin embargo, las cifras contradicen los mensajes de la amenaza exterior: apenas el 1,5% de la población de 9.800.000 millones de personas en Hungría es extranjera y la mayoría (66%) son europeos, según la Oficina Central de Estadística del país. Y en el último año se han reducido las peticiones de asilo: de más de 26.000 en los primeros diez meses de 2016 a 3.035 en el mismo periodo de 2017, según ACNUR.

El aumento del flujo de refugiados y migrantes que llegó a Europa en el verano de 2015 le sirvió a Orbán para justificar su ideología populista. Pero además cerró las puertas del país centroeuropeo y dejó en él atrapados miles de refugiados que huían mayoritariamente de las guerras de SiriaIrak Afganistán. Poco después, el primer ministro construyó una doble valla de alambre a lo largo de la frontera con Serbia para frenar la ola de solicitantes de asilo y creó una ley que permitió arrestarlos en la frontera. En las zonas de tránsito había a mediados del pasado noviembre 455 solicitantes de asilo detenidos, incluidos 243 niños, entre ellos 19 niños no acompañados por adultos.

Europa afronta ahora una invasión”, alarmaba Orbán en un acto en Budapest el pasado mes de marzo. “Su tarea (la de la oposición) es hacerse con el poder e implementar el gran plan: romper Hungría, que se encuentra en el camino de los inmigrantes”. En otra ocasión llegó a decir: “No queremos que nuestro color se mezcle con otros” y ello le valió el calificativo de racista y xenófobo por parte del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Raad al Hussein.

Para el experto de HRW, la instigación al odio que se plasma en los discursos del Gobierno, denunciada recientemente por las Naciones Unidas, ha contaminado el país de tal forma que la discriminación se ve como un acto cada vez menos condenable. “Las instituciones se permiten discriminar porque el Gobierno defiende esta retórica de odio que diferencia a las personas en base a sus origen o estatus. Es espantoso”, afirma Gardos.

El investigador constata que se dan continúas muestras de discriminación contra los gitanos rumanos en el acceso a la vivienda, sanidad, empleo o educación. En 2015 se modificó la ley de educación pública para permitir la segregación de alumnos en base a su etnia en las escuelas, una medida que ha sido públicamente condenada por la Comisión Europea.

La discriminación en los tribunales es una práctica tan común como alarmante, concluye el think tank Polítical Capital, uno de los más potentes del país, en un extenso informe sobre xenofobia, radicalismo y crimen de odio en Hungría de 2016.

El estudio detalla casos en los que los jueces pasan por alto el agravante de odio en agresiones contra refugiados, migrantes o rumanos, como por ejemplo la periodista con vínculos con el partido de extrema derecha húngaro Jobbik que en 2015 pateó y puso zancadillas a varios refugiados cerca de la frontera con Serbia y que el tribunal, tras condenarla a tres años de libertad condicional por vandalismo, apuntó que nada hizo pensar que la agresión estuviera motivada por el origen étnico de la víctima.

En otro caso, dos húngaros ultras, rapados y con esvásticas, dejaron inconsciente a golpes a un solicitante de asilo de Costa de Marfil: “hombre negro vuelve a África, esto es Hungría”, le gritaron. A pesar de que los acusados dijeron enorgullecerse de su ideología nacionalsocialista ante el tribunal, el juez descartó el caso como un crimen de odio.

Los expertos coinciden en señalar que uno de los mayores problemas del país es que no existe un registro de los crímenes de odio y que se eluden tales motivaciones en caso de agresiones verbales o físicas contra inmigrantes y rumanos tanto en los tribunales como en las comisarías.

Asimismo, hay casos de agentes de policía que esperan cerca de los asentamientos de rumanos para multarles por cualquier falta menor que observen. Según testimonios recogidos por el informe de Political Capital, algunas personas han sido multadas por cruzar la calle fuera del paso de zebra o caminar por fuera de la acera.

La campaña de Orbán ha calado hondo en la población, sobre todo en la Hungría rural. La propaganda del primer ministro, que ha reformado las leyes para poder aferrarse al poder y gobernar en lo que él mismo define como una “democracia no liberal”, recuerda a la del régimen comunista, de cuya herencia el país no se ha podido desprender. “¿Lo sabías? Más de 300 personas han muerto en atentados terroristas en Europa desde el inicio de la crisis migratoria”, rezaba uno de sus anuncios durante la campaña del referéndum que rechazaba las cuotas de reubicación de refugiados de 2016 que, a pesar de considerarse inválido por participación insuficiente, Hungría sigue sin cumplir la política migratoria común.

Los votantes de Fidesz en la localidad de Ercsi nunca han conocido a un refugiado, pero eso no les impide rechazarlos. No los quieren en su pueblo de 8.000 habitantes situado a 30 kilómetros al sur de Budapest. “Nunca he visto ningún refugiado”, explicaba a la agencia Reuters María Pulai, una militante activa del partido de derechas y de tinte extremista. “Pero veo televisión todo el tiempo, así que aprendí mucho. No los necesitamos aquí”, añadía.

El compromiso de Orbán de preservar la soberanía de Hungría y defender los valores cristianos frente a la “invasión musulmana” le ha dado victorias abrumadoras en las últimas dos elecciones parlamentarias y es probable que haga lo mismo este domingo. Parece que su electorado se siente cómodo dando rienda suelta al odio.

Enlaces internacionales