Gitanos que han pisado la Luna

| 15 julio, 2018

14/07/2018 El Mundo.- Dani Martínez compara su llegada a la universidad con el instante en que Neil Armstrong puso pie por primera vez en suelo lunar. «Un viaje a lo desconocido», asemeja, «y con el miedo de que, si no llegas a la Luna, te quedas en un vacío». Dani -33 años y tres hijos- fue el primer gitano en licenciarse en el barrio de La Mina. Empezó en 2002 en la Universitat de Barcelona, donde se graduó en Criminología, cuando aún eran pocos quienes podían dar testimonio dentro de su comunidad de que habían culminado su formación sin encallar en los prejuicios, la frustración, los efectos de una segregación que el pueblo gitano sigue percibiendo o los miedos atávicos de su entorno a que se deshiciera de su identidad.

«Era necesario que alguien fuera la primera persona en pisar la Luna para que se viera más cerca», equipara Dani, un referente para los suyos, como la decena de gitanos y gitanas universitarios que se reunió recientemente en el instituto de La Mina para transmitir a los jóvenes un mensaje diáfano: que no renuncien a estudiar hasta donde se propongan.

Paco Vargas fue el último chico en salir del centro hacia la facultad. Fue en 2010, justo cuando el barrio se quedó sin Bachillerato por escasa demanda. «La universidad es para nuestros chicos algo casi inalcanzable. Lo ven como algo tan lejano que no se lo plantean», cuenta Paco, 25 años y con dos pequeños en casa. Micrófono en mano, lanzó una lección sin rodeos a los chavales alineados bajo un sol de justicia en el patio del instituto: «La vida se nos pone difícil sin estudiar. Aprovechad la oportunidad que os brinda el centro. No nos apayamos por estudiar. Soy muy gitano y en la universidad lo decía con orgullo. Estudiar te da más oportunidades. Ser gitano no es una barrera».

«Necesitamos que ese mensaje cale. El horizonte de expectativa de éxito de estos chicos es pequeño», comenta Joan, tutor del último curso de ESO. De su clase, dos muchachas y un muchacho parten para Bachillerato en septiembre. «Muchos lo dejan antes de intentarlo. Algunas veces, el nivel de dificultad que se encuentran al salir de aquí es insalvable», percibe el profesor, que tras ocho años en el barrio no ha conseguido que uno de sus alumnos se matricule en una facultad. «Hay otros factores que los frustra, como un entorno desestructurado o la baja motivación de no ver que lo puedan conseguir», cuenta.

En la escuela y el instituto de La Mina libran juntos desde que se fusionaran en 2016 un pulso a largo plazo contra el absentismo y el abandono escolar prematuro. Aquel verano se cuantificó que, fuera en ocasiones puntuales o de manera crónica, en torno al 80% de los adolescentes faltaban con cierta frecuencia a clase. «Nuestra juventud no cree en sí misma, no cree que pueda lograr unos estudios, un puesto de trabajo… Y hay desconocimiento de nuestra cultura, aunque llevamos más de cinco siglos en España», observa Nieves Heredia. Ella, como otros adultos gitanos, retomó su educación a través del curso de acceso a la universidad para mayores de 25 años. Quiere ser maestra. «Mi primera formación no fue un camino de rosas: te desmotivas, te ves sola, no hay más gitanos en clase… Y siendo niña, que lo tenemos a veces más difícil», relata.

En el instituto de La Mina calculan que más del 80% de los alumnos son gitanos. «Buscamos generarles expectativas, los orientamos cuando se acerca el momento de tomar una decisión y los acompañamos a la universidad para que vean cómo es», explica Marta del Campo, directora del instituto-escuela Sant Adrià. «Es vital el apoyo de las familias, para las que hacemos muchas actividades para que nos vean y confíen en nosotros, y somos un centro que hace visible la gitanidad. Es importante, no podemos hacer como si fuera un instituto en el Eixample», añade.

No siempre los maestros han infundido tanta fe, atestigua Paco: «Mi tutora me dijo que perdía el tiempo preinscribiéndome en Bachillerato porque decía que los gitanos no estudiábamos. Vas a ocupar una plaza que vas a dejar y que otro podría aprovechar, me dijo».

«Es importante que veamos que la universidad es un camino transitable, pero que se escoja por libre elección, no desde falsas promesas de una mejor vida», resalta Dani, que no ha logrado un empleo acorde a su formación: «He trabajado en una obra, de camarero, en una frutería hasta hace un año… Mi entorno ha visto que luchaba y el coste que tenía para mi familia y que después venía el golpe de que, entre comillas, no servía para nada», dice. No se arrepiente en ningún caso de haber sido un pionero: «Mi abuela, que no sabía leer ni escribir, fue mi referente. Como padre, intento ser como ella. Creo que mi formación sirve para que mis hijos no estén limitados el día de mañana y sufran lo mismo que yo, sino que sean verdaderamente libres».

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