El populismo racista como virus en Europa

| 4 septiembre, 2018

El mito de las democracias avanzadas escandinavas, inmunes a la eurofobia, la xenofobia y el extremismo, está a punto de terminar víctima de la misma marea que sus vecinos

04/09/2018 El Mundo.- Lo dijo hace un siglo Kipling, bardo del imperialismo, pero se lo repiten estos días, una y otra vez, los funcionarios europeos a sus socialdemócratas colegas suecos: “Métete en líos si te lo dicta tu naturaleza, pero no se los pases a tus vecinos”. Suecia, el ejemplo, el modelo, el paradigma, ha sido durante décadas una balsa de estabilidad para la UE. No quisieron el euro, no han querido la OTAN y su referéndum de entrada fue muy apretado, pero desde mediados de los 90 han ejemplificado a grandes rasgos el sueño de las instituciones: economía solvente, un sistema parlamentario y judicial impecable, pocos problemas y contadísimas ocasiones en las que levantan la voz. Hasta ahora.

Sin estar en absoluto en su naturaleza, los suecos tienen varios de los problemas de sus vecinos y la misma falta de soluciones. El populismo ya no es un accidente, una inquietud, una anomalía, sino la norma. Mensajes contra el diferente, contra lo tradicional y contra Europa, a diferente escala pero con los mismos argumentos son casi ‘mainstream’. No se salva el sur, los nuevos miembros, los fundadores, los ricos ni los pobres. No se salva, ya, ni la joya escandinava, la que más refugiados aceptó, y eso deja sin parte del mejor argumentario a los europeístas más convencidos.

Bruselas está desorientada. Distraída y atorada en ocurrencias como el cambio de hora o veleidades como la lucha de egos para posicionarse bien de cara a las elecciones europeas del próximo mayo y al baile de sillas que afectará a la Comisión y a la Eurocámara. Mientras, la casa se cae a pedazos y nadie tiene clara una estrategia. Ni de contención, ni de reacción ni de relato. Y nadie está al volante.

El populismo xenófobo apunta a ser el gran beneficiado en los inminentes comicios. Con la socialdemocracia más debilitada que se recuerda (aunque favorita) y un centroderecha incapaz de capitalizar del todo el vacío, los Demócratas Suecos aspiran a más de un 20% de los votos.

Bruselas ha mirado para otro lado durante meses ante las noticias de barrios en pie de guerra, violencia o bandas en barrios aislados. De ‘banlieue’ y granadas. Ante los relatos de impotencia, desigualdad y falta de control y respuestas. Ante la estrategia del avestruz del primer ministro Stefan Löfven. Algo cambió y nada lo reflejó mejor que las lágrimas de la ministra Asa Romson hace casi tres años, cuando anunció desolada que el Gobierno endurecería sus normas de control fronterizo y de acogida de refugiados. La UE, saturada, rezó entonces para que fuera un contratiempo efímero, pero nada más lejos de la realidad.

El mensaje en la capital comunitaria es muy claro: la estrategia migratoria de 2015 fue un fracaso y las consecuencias han sido aplastantes. Entonces, la posición y el discurso de Hungría o Polonia enfurecía y ofendía a sus socios. Hoy, es la corriente principal y nadie, absolutamente nadie, puede permanecer al margen.

La cuestión migratoria e identitaria es la principal y a veces la única. Y este verano ha protagonizado la actualidad política, desde Madrid a Roma, de La Valeta a Gotemburg, pasando por Chemnitz y Copenhague. Marca la agenda, los temas, el ritmo. Fija el tono e impone las nuevas prioridades, se sustenten en datos y verdades, o no.

Suecia era para Bruselas la última esperanza nórdica. Con la extrema derecha ya en el Gobierno en Finlandia o Noruega, y como segunda fuerza del Parlamento danés, explica Pawel Zerka del European Council of Foreign Relations, “Suecia parecía inmune”. La “inocencia” que reconoció Löfven, bienintencionada pero no inane, ha pasado factura y contribuirá a enrarecer el ambiente y el debate.

La parte preocupante para los 27, descontando ya a Reino Unido, es que sin recetas los euroescépticos y eurófobos se mueven a voluntad y cosechan en terreno fértil. La positiva, piensan en Bruselas, es que eso que los anglosajones llaman ‘low hanging fruit’, ya casi se ha agotado. Los simpatizantes más proclives al populismo, la fruta al alcance de la mano, ya los tienen las fuerzas extremistas, pero para ser mayoría no bastan.

Predicar es sencillo, mantener feligreses, no. Y ahora, al menos, gobiernos, analistas e instituciones han abierto ya los ojos y aceptan poco a poco la realidad. El fin de la inocencia es triste y doloroso, pero también indispensable para poder iniciar el contraataque.

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