El odio a los pobres sale de la oscuridad

| 5 agosto, 2018

El Senado votará incluir la aporofobia como agravante en el Código Penal. Varias personas sin hogar relatan las agresiones que padecen

04/08/2018 El País.- “Hace poco entraron tres jóvenes en el cajero en el que duermo, en Gran Vía, y me robaron una bolsa con mis cosas. Otro día, unos borrachos vinieron a sacar dinero y me pegaron una patada entre risas. Otras veces son insultos: ‘Mírate, sucio de mierda”. Raúl, argentino de 53 años, relata con voz pausada el desprecio y las agresiones que padece por dormir en la calle. Su historia, compartida por varias personas que pernoctan en la plaza Mayor de Madrid, deja claro que el reciente caso de Benidorm —un grupo de ingleses pagó 100 euros a un vagabundo para que se tatuara un nombre en la frente— está lejos de ser una excepción.

Según la Fundación Rais, una entidad que lucha contra la exclusión social, una de cada tres personas en esta situación ha sido insultada o ha recibido trato vejatorio, y este tipo de noticias cada vez adquieren más relevancia. La filósofa Adela Cortina ha puesto nombre al fenómeno: aporofobia, odio al pobre. En septiembre se votará en el Senado una proposición de ley de Podemos para incluirla como un agravante en caso de agresión y equipararlo a otros delitos de odio.

Según el Instituto Nacional de Estadística, en España viven unas 23.000 personas sin hogar. La Fundación Rais eleva esa cifra a 31.000, ya que añade a quienes no acuden nunca a centros asistenciales. Todos ellos están sometidos a un odio intangible pero muy real. “Dormir y vivir en la calle tiene un componente de violencia estructural que además se ve agravado por la violencia directa de la que son objeto”, explica Gema Castilla, de Rais. La ONG presentó un informesobre este colectivo en 2016 con resultados aterradores: casi la mitad de los sintecho ha sufrido algún incidente o delito relacionado con la aporofobia, en el 80% de los casos en más de una ocasión, y uno de cada cinco ha sido agredido.

Alberto, de 47 años, duerme en los soportales de la plaza Mayor. Viste una camiseta con la bandera de España, lleva una maleta pequeña, casi vacía, y se cubre con una manta blanca ennegrecida. “Una Nochevieja estaba durmiendo en un cajero en Salamanca, se me acercó un grupo de gente y me dieron una patada. Suele pasar cuando se te acerca alguien borracho o drogado”, cuenta con voz grave. “En la plaza Mayor se está muy tranquilo, la gente está acostumbrada a vernos, hay cámaras de seguridad. Prefiero estar aquí y que se me vea, porque las personas sin hogar somos parte de la realidad. Yo quiero que me vean”, se lamenta.

Jesús, de 65 años, vive en un pasadizo que enlaza la plaza Mayor con la calle homónima. “Un día iba caminando por la calle Barquillo, porque había quedado con el asistente social, y un hombre me preguntó la hora. Cuando le respondí, de repente empezó a darme golpes. Le dije que me dejara en paz, pero me pegó dos manotazos”, señala. El pasadizo en el que se apilan sus cartones —que comparte con otras cuatro personas— da a la entrada del aparcamiento y de un restaurante. “A veces pasa gente violenta, y me gritan y me insultan. Otras veces nos dicen que damos asco, que a ver si nos lavamos. Pero hay que seguir adelante como sea”, admite.

La catedrática de Ética Adela Cortina publicó el año pasado un libro para nombrar este odio: Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós). “Los que molestan son los pobres, los que no tienen poder, los que parece que no pueden ayudarnos a vivir mejor, sino que traen problemas. Creé el término desde la palabra griega aporoi”, señala Cortina. En su opinión, “la persona sin hogar es extremadamente vulnerable, carece de un espacio de intimidad. Por eso es tan necesario llevar a cabo programas contra el sinhogarismo”. La palabra ha venido a dar en el clavo: el 20 de diciembre, la Academia la incluyó en el Diccionario, y el 27 de diciembre la Fundación del Español Urgente la escogió como palabra del año porque podía “ayudar a transformar la realidad”.

El Ministerio del Interior incluye la aporofobia como uno de los delitos de odio: en 2016 registró 10 denuncias por esta causa, mientras que en 2017 la cifra ascendió a 11. “Cuando una persona que vive en la calle es agredida, no tiene un espacio de seguridad al que irse. El agresor puede volver y matarla. Por eso no se suele denunciar. Pero hay muchos más casos de los que contabiliza Interior, no hay más que fijarse en las noticias que recoge la prensa”, dice la portavoz de Rais. “Además, también es aporofobia que una persona sin hogar entre en un bar y no se le atienda solo por ser pobre, o no le dejen usar el baño”, añade.

Podemos cree que esto podría cambiar incluyendo la aporofobia como un agravante en el Código Penal, igual que ya ocurre con otros delitos de odio como el racismo o la islamofobia. Por eso presentó una moción en el Senado el año pasado que tuvo el apoyo de todos los grupos (salvo Foro Asturias). Como todavía no se ha materializado, el senador de En Comú Podem Joan Comorera ha presentado ahora una proposición de ley —que se votará previsiblemente en septiembre— para lograrlo.

Continua violencia

“La Fiscalía General del Estado, en su memoria de 2015, ya indicaba la necesidad de incluir la aporofobia como agravante. Creemos que con esta proposición se completaría una omisión intolerable”, explica Comorera. De hecho, en 2005 dos jóvenes quemaron viva a una mujer —Rosario Endrinal— que dormía en un cajero en Barcelona y no se pudo aplicar ninguna agravante.

“Si los grupos la apoyan, pasaría al Congreso y la reforma podría hacerse antes de fin de año, y se podría aplicar en casos como el que acabamos de ver en Benidorm”, añade el senador. Portavoces de PP y PSOE en el Senado —que ya votaron a favor de la anterior moción— se muestran favorables a la iniciativa, a falta de conocer todos los detalles. Un portavoz de Ciudadanos en el Congreso —no cuenta con senadores— adelanta que, si la reforma penaliza la discriminación, también apoyarán la iniciativa cuando llegue a la Cámara baja.

Mientras tanto, el sinhogarismo sigue penalizando a los seres humanos por sus circunstancias, por el hecho de ser pobres. Lo sabe bien Jesús Sandín, responsable del programa de personas sin hogar de Solidarios para el Desarrollo: “Las personas que padecen pobreza sufren una situación continua de violencia que les afecta a la autoestima, a la motivación y a la manera de estar en el mundo”, dice. Por eso, desde la ONG llevan 22 años “generando un espacio de encuentro horizontal desde la igualdad, generando un vínculo afectivo y rompiendo la soledad de quienes viven en la calle” en una iniciativa que cuenta con 150 voluntarios cada año. “No son vagos, no son diferentes, lo único diferente son sus circunstancias, y nosotros queremos cambiar la manera en que se los ve desde la sociedad”, añade Sandín. “Poner nombres a las realidades sociales perversas, como el rechazo al pobre, es fundamental para acabar con ellas”, concluye Adela Cortina

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