El auge neofascista alarma a Italia ante los comicios del 2018

, , | 1 diciembre, 2017

Un comando neonazi irrumpe en un centro de ayuda a migrantes

EUSEBIO VAL. LA VANGUARDIA.- Los recientes éxitos electorales de la ultraderecha neofascista, aunque modestos en porcentajes y a escala municipal, habían creado ya cierta alarma en Italia. Pero la gota que ha colmado el vaso, por su impacto mediático, ha sido la irrupción de un grupo radical, con estética e indumentaria neonazis, en un centro de ayuda a inmigrantes y refugiados en Como, al norte de Milán.

El asalto, sin violencia física pero sí muy intimidatorio, se produjo en la noche del pasado martes. El vídeo, colgado en las redes sociales, adquirió pronto carácter viral y despertó las conciencias sobre el peligro potencial que se cierne sobre Italia, que celebra elecciones generales el próximo mes de marzo. Varios grupos de extrema derecha, en especial Casapound Forza Nuova, aspiran a lograr representación parlamentaria, algo que constituiría un escándalo en Europa porque no se trata sólo de formaciones extremistas sino expresamente filofascistas. La presencia de diputados de esta tendencia política pondría en evidencia, una vez más, que Italia no ha digerido bien su pasado, que el fascismo –al contrario que el nazismo en Alemania– todavía goza hoy de una inaudita respetabilidad histórica y social.

Unos 15 neonazis entraron en una sala de un antiguo convento donde los pacíficos voluntarios, esos buenos samaritanos que alivian siempre las crisis sociales, estaban hablando de asuntos prácticos para ayudar a los inmigrantes de la zona. Había jóvenes de 20 años y ancianos de 80. Los extremistas –algunos de los cuales llevaban la cabeza rapada– vestían con cazadora negra y tejanos. Su pose era militar, como un comando, por fortuna sin armas. Su violencia se limitó a las palabras. Repartieron un comunicado y uno de ellos lo leyó. Acusaron a los del centro de ayuda de ser antipatriotas, de estar “arruinando” a Italia al favorecer la llegada masiva de población foránea. El delirante discurso incluía, como es habitual en estos grupos, referencias genéricas contra el “turbocapitalismo” y críticas al “megáfono propagandístico pseudoclerical” (¿una alusión a la Iglesia católica y al mensaje social del papa Francisco?). “¡Paremos la invasión!”, clamó el que ejercía de portavoz, como arenga final. Uno de los voluntarios pidió respeto por su trabajo, al igual que ellos habían asistido pacientemente al pequeño mitin neonazi. Uno de los rapados le replicó, desafiante, que no sentía ningún respeto recíproco.

La organización Casapound, que se jacta de aglutinar a “los fascistas del tercer milenio” y cuenta con sedes en más de un centenar de ciudades italianas, ha obtenido resultados notables en comicios municipales en Bolzano (6%), Lucca (8%) y Ostia (9%). Lo de Ostia –el distrito marítimo de Roma, un foco endémico delincuencia– inquietó de modo especial porque se trata de un territorio que sale de un periodo de administración extraordinaria de dos años debido a la infiltración mafiosa. Se habló mucho de la complicidad entre Casapound y una de las mafias locales, el clan de la familia Spada. Uno de sus miembros está en la cárcel después de haber propinado un salvaje testarazo a un reportero de la RAI que le preguntaba precisamente sobre su relación con la ultraderecha.

 

La subida del neofascismo, de lo que en Italia se llama casi eufemísticamente “la derecha de la derecha”, preocupa por el peligro de que penetre en las instituciones. De hecho, no sería un fenómeno nuevo. El propio Silvio Berlusconi banalizó varias veces el fascismo y llegó a decir en una ocasión que, a parte de las leyes raciales (contra los judíos), Benito Mussolini había hecho una buena labor. Más todavía, il Cavaliere abrió las puertas del Gobierno italiano, en 1994, a personajes como Gianfranco Fini, un antiguo fascista que fue virando hacia el centro moderado en un ejercicio de camaleonismo político en el que los italianos son unos auténticos virtuosos. Fini llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores y presidente de la Cámara de Diputados.

En un editorial, titulado “El fascismo normal”, La Repubblica advertía ayer de que la actual situación es consecuencia de una Italia empobrecida en la que “la banalización del fascismo está considerada normal”. El diario lamentaba que la respuesta de la derecha convencional sea demasiado tímida. El rotativo La Stampa, de Turín, iba en la misma línea. Su editorialista aconsejaba no infravalorar el problema porque se trata de un fenómeno que se expande, “que se mueve y se articula allí donde la política tradicional se ha quedado sin palabras”. La Stampa recordaba que la ideología ultraderechista florece en diversas partes del continente y tiene como epicentro Budapest, “la Hungría del duce Orban que emerge cada vez más como el líder que ha creado el ambiente ideal para la incubación de un nuevo paradigma negro (fascista)”.

En un reciente reportaje exclusivo, el semanario L’Espresso indagó sobre la opaca y misteriosa red de financiación nacional e internacional de movimientos como Forza Nuova y Casapound. Estos partidos se habrían beneficiado, durante años, de ingentes recursos ligados a una serie de empresas y negocios con base en Francia, Gran Bretaña, Chipre y Rusia. Del reportaje se infiere que el Gobierno de Vladímir Putin podría estar usando la carta neofascista como un instrumento más de su campaña de desestabilización y debilitamiento de Europa.

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