EEUU, Chile y Brasil: la alianza antimigratoria que propaga la xenofobia por el continente americano

| 4 enero, 2019

La buena sintonía entre los líderes de extrema derecha de Chile y Brasil abre el camino para seguir el discurso de Trump. Paulo Guedes, pieza clave del Gobierno Bolsonaro, trabajó con los Chicago Boys, economistas decisivos en la dictadura de Pinochet

VÍCTOR DAVID LÓPEZ. ELDIARIO.ES.– Una de las primeras felicitaciones públicas que recibió Sebastián Piñera, presidente de Chile, tras desmarcarse del Pacto Mundial sobre Inmigración de Naciones Unidas fue la del ultraderechista José Antonio Kast, cuarto candidato más votado en las elecciones presidenciales chilenas de 2017. Era justo el mensaje que viene repitiendo él desde hace años: la inmigración es “un grave peligro para la nación”. Se cerraba así una improvisada pero ni mucho menos imprevisible alianza en el continente americano encargada de sembrar miedo, intransigencia y odio.

“Queremos tener una política de inmigración que cierre las puertas de nuestro país a quienes vienen a causarnos daño”, explicaba Piñera, atemorizando a la población, “como por ejemplo, los que vienen a cometer delitos, los narcotraficantes, los que hacen tratas con personas o el crimen organizado”. A Piñera le succiona Kast desde su derecha, y eso esclarece que esta ruta de la alianza antimigratoria de Estados Unidos, Chile y Brasil se apoye en la buena sintonía entre los líderes de extrema derecha suramericanos. Han ido abriendo camino para seguir el discurso de Trump contra los inmigrantes. Además, la alianza viene marcada también por la huella de los Chicago Boys, aquel equipo de economistas santiaguinos moldeados en Illinois cuando el gigante estadounidense decidió que en Suramérica había que cambiar el paradigma.

Milton Friedman y Arnold Harberger, profesores de la Universidad de Chicago, formaron durante cinco años a licenciados en economía de la Pontificia Universidad Católica y de la Universidad de Chile, en la década de los cincuenta y los sesenta. El amplio grupo de los más renombrados estaba formado por Sergio de Castro, Sergio de la Cuadra, Pablo Baraona, Florencio Fellay, Víctor Oxenius, Carlos Massad, Álvaro Bardón, Hernán Büchi, Jorge Cauas, Felipe Lamarca, Rolf Lüders y Miguel Kast, hermano de José Antonio Kast. Eran las semillas de la nueva derecha chilena.

A los Chicago Boys les siguieron herederos como José Piñera, hermano del actual mandatario chileno, o una segunda generación encabezada por Jorge Selume, amigo personal de Paulo Guedes –también doctorado en la Universidad de Chicago–, pieza clave en el Gobierno Bolsonaro, a su lado desde el minuto cero de la campaña electoral.

Allí en Santiago, reclutado por Selume para dar clase en la Universidad de Chile en los ochenta, fue donde Guedes asimiló el salvaje neoliberalismo plasmado por los Chicago Boys en el texto El ladrillo, entregado a Pinochet cuando no supo muy bien cómo manejar la economía del país tras los bombardeos que le llevaron al poder tras derrocar al Gobierno de Allende en 1973. Varios de los Chicago Boys fueron nombrados ministros de la dictadura. Las recetas económicas dejaron atrás a buena parte de la población, a modo de selección natural. No les importó. Lo primero eran los números. En aspectos migratorios, las pautas son similares.

Para los movimientos sociales chilenos, la decisión de Piñera, instigada por la extrema derecha de Kast, es un desastre inconcebible. “Ha dejado más clara aún la política xenófoba que están implementando”, señala Denisse Araya Castelli, directora ejecutiva de la Corporación ONG Raíces. “Piñera se las dio de centro durante algún tiempo, y algunos se lo creyeron, pero sin duda ha ido requiriendo el apoyo de los ultras, pinochetistas y golpistas, y se ha ido derechizando cada vez más”.

Y es que José Antonio Kast, con un apoyo fiel de seguidores, sigue paso a paso la estirpe familiar –su hermano fue ministro de Pinochet– y no duda en proyectar los mismos enemigos que el resto de la ultraderecha mundial. Con la misma seguridad con la que endiosa al general, en temas de inmigración suele repetir que la situación está “descontrolada” y “no planificada”.

En Brasil, Jair Bolsonaro reconfirmó al secretario de estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo –que asistió a la toma de posesión– que la alianza antimigratoria es solemne. A lo largo de los últimos meses, el nuevo presidente ha demostrado en numerosas ocasiones sus opiniones acerca de los migrantes. Respecto a la crisis migratoria venezolana, que ya ha llevado a cruzar la frontera del estado de Roraima a decenas de miles de personas, el nuevo presidente Brasileño ha declarado que se podría sopesar la creación de campos de refugiados. “Y hacer un rígido control”, remarcó durante la transición gubernamental, una vez que había ganado las elecciones. “Hay gente huyendo del hambre y la dictadura, y también hay gente que no queremos aquí en Brasil”.

Bolsonaro ha llegado a atacar incluso a los médicos cubanos que formaban parte del programa gubernamental “Mais médicos”, creado en julio de 2013 bajo el mandato de Dilma Rousseff, centrado en la llegada de facultativos a regiones brasileñas donde hay escasez o, directamente, ausencia de profesionales. El gobierno cubano formalizó un acuerdo de colaboración con la administración brasileña, y, estos últimos cinco años, han llegado a trabajar a Brasil 8.000 médicos cubanos. De ellos, Bolsonaro dudó incluso de su diploma, y amenazó con enviarles a todos “de vuelta a Cuba”.

Lo más grave, sin embargo, fue que instara al Gobierno de Michel Temer a comprobar que los médicos que estaban llegando no fueran en realidad “agentes o militares cubanos, con otro propósito, dada la posibilidad de sufrir en nuestro Brasil atentados terroristas practicados posiblemente por el Estado Islámico”. Añadiendo que “esos cubanos podrían potenciar el caos en Brasil”. Cuba ha terminado por renunciar al acuerdo en este programa ‘Mais Médicos’ después de ver cómo las arremetidas iban en aumento.

Teniendo en cuenta la riqueza cultural que han proporcionado los procesos migratorios en la región a lo largo de los siglos, no se debe obviar un gesto significativo de Bolsonaro y Guedes en sus primeros pasos de férreos recortes y ajustes económicos: la degradación del ministerio de cultura, que desaparece como tal, quedando simplemente como una de las atribuciones del nuevo ministerio de la ciudadanía.

Por eso no extraña que cuando Bolsonaro recibió a Kast el pasado 18 de octubre en Río de Janeiro, el regalo que el chileno le tenía preparado fuera el más adecuado posible: un ejemplar de El ladrillo, la pauta de los que prefirieron cuadrar los gráficos económicos antes que respetar los derechos humanos.

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