Cuando llevar el velo islámico te deja sin trabajo

, | 6 Junio, 2017

SARA ROSATI. EL PAÍS.- Yasmina Baach recibió un comentario discriminatorio por primera vez cuando tenía nueve años. Un profesor le dijo frente a toda la clase: “Como musulmana, podrías ser perfectamente una chica bomba”. Sus compañeros la miraron, pero ella fijó la vista en el pupitre y se quedó callada. Era un día de marzo de 2004, justo tras el atentado yihadista en Atocha, en el que murieron 192 personas. Yasmina no entendió muy bien aquello, pero su familia le explicó que no tenía nada que ver con su religión. Al poco tiempo dejó atrás la primaria, entró en un instituto público de Madrid y en tercero de la ESO decidió empezar a usar el velo islámico. “Quería sentirme mayor. En vez de ponerme los tacones de mi madre, me puse el hiyab”, cuenta.

El hiyab formaría parte de la indumentaria de esta española de 22 años durante siete años más. La madre de Yasmina, marroquí, usaba velo pero nunca le insistió en que ella lo llevara también. Un día de colegio Yasmina se probó un pañuelo negro y lo llevó todo el día. “Eres un fantasma”, le espetó un profesor de plástica. Se lo quitó y no volvió a ponérselo hasta llegar al instituto. El 9 de enero de 2015, dos días después del atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo, un hombre increpó a Yasmina por la calle. “Eres una esclava sexual del ISIS”, le gritó. Ella salió corriendo.

 

Como muchas otras mujeres, Yasmina no denunció. Pero en 2015, tras el atentado contra la revista francesa, comenzaron a sucederse los delitos islamófobos. Este tipo de crímenes aumentaron en un 40% ese año en España, según los datos del Ministerio del Interior, que recoge los casos en los que existe denuncia. La discriminación por creencias religiosas representa además el 5,3% de los delitos de odio.

La Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia recoge también casos —abarca desde insultos y vejaciones a agresiones físicas— que no han sido denunciados. Según esta organización, en España se han duplicado los incidentes durante el pasado año. De los 573 actos registrados, 80 han sido contra mujeres que, tal y como señala esta plataforma, reciben una doble discriminación, de género y de religión.

Como cualquier adolescente, Yasmina pasó por una etapa en la que buscaba su lugar en el mundo. “El pañuelo era parte de mi identidad”, explica sentada en una céntrica plaza de la capital. En esa época, aunque iba solo una vez al año a Marruecos, se pintaba las manos con henna y se sentía un poco más cerca de la cultura árabe. Pero un día de septiembre del año pasado Yasmina comprendió que la religión no era la única vía de conformar su identidad y se quitó el velo. “Hace siete años el hiyab me representaba y me sentía cómoda llevándolo. Hoy siento que ya no forma parte de mí”, dice con seguridad.

El debate sobre usar o no el velo sigue estando sobre la mesa. En marzo de este año el Tribunal Europeo hizo pública una sentencia que avala que las empresas prohíban el velo en el trabajo. La decisión cayó como un jarro de agua fría a Sokaina Alouat, una estudiante de derecho que espera ejercer la abogacía usando el velo. “Con esta sentencia una empresa me puede rechazar solo por llevar hiyab”, dice con cierto tono de resignación. Para las mujeres musulmanas y árabes que viven en la Unión Europea no es fácil conseguir trabajo. Muchas sufren discriminación por género, etnia, religión o una combinación de las tres, según el último estudio sobre islamofobia de la Red Europea contra el Racismo (ENAR). “Quiero que me valoren por mi formación y no por lo que lleve puesto”, dice Alouat en la puerta de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

El sentimiento de pertenencia a la ummah, la comunidad musulmana, fue el que llevó a la esta madrileña de 21 años, a ponerse el velo el día en el que se inscribió a cuarto de la ESO. “Para mí el hiyab representa libertad”, dice Sokaina. Al tomar la decisión de ponerse el velo sintió algo de miedo. Temía que sus compañeros se alejaran de ella pero nada cambió. Le hicieron unas cuantas preguntas curiosas que ella contestó con esmero. Y siguió con su vida. Ella dice no haber pasado más dificultades que el resto de sus amigas, pero ve que su madre, marroquí que no domina del todo el castellano, lo ha tenido más difícil. “A veces no la quieren atender en el supermercado o no le dejan devolver una compra con ticket”, cuenta.

Discriminación laboral

Sokaina, sin embargo, conoce muy bien sus derechos. “La sociedad asocia a la mujer musulmana con la ignorancia y la sumisión”, explica, “pero cuando la gente ve que me expreso bien me tratan como a una más”. No ocurre lo mismo cuando manda currículos a ciertas empresas: “No consigo trabajo ni en el Carrefour ni como niñera”. No quiere pensar que es por su forma de vestir, pero cuando va al supermercado de su barrio no ve cajeras con velo.

En Europa hay estadísticas más elaboradas porque el hiyab está más arraigado en ciertas comunidades. En Alemania, las posibilidades de que una mujer consiga trabajo se reducen por cuatro si tiene nombre árabe y usa velo, según un estudio de IZA, un think thank alemán, publicado a finales de 2016. En Francia, una mujer con nombre árabe y con velo tiene un 1% de posibilidades de conseguir una entrevista de trabajo, frente al 72% de una mujer con nombre francés y sin velo, según informe de la Universidad de Lorena en 2014.

La campeona marroquí de taekwondo, Fadoua Zarouala de 37 años, optó por priorizar su trabajo a su deseo de usar velo. Trabajaba en un hotel de lujo en Barcelona de cara al público. “Al llegar a la puerta me quitaba el pañuelo y al salir a la calle me lo ponía”, cuenta la deportista. Pese a haber emigrado a España bien pasada la mayoría de edad, no se había planteado hasta entonces esta dualidad. El hecho de ponerse el velo en el ámbito privado y quitárselo en el laboral hizo sentir a Fadoua que no respetaba la prenda así que dejó de usarlo.

La marroquí se adaptó a las circunstancias y no se tomó este episodio como una discriminación laboral. “En España trabajar con velo no está aceptado todavía y eso yo lo respeto”, explica mientras entrena en su gimnasio habitual, El Club de la Lucha. El nombre parece tener sentido en la vida de Fadoua, que tras competir profesionalmente durante 10 años por Cataluña y más tarde por Andorra, adopta una actitud tenaz pero pacífica ante sus retos vitales. Dice que algún día espera volver a usar el hiyab, pero sobre todo espera ser libre de elegir ponérselo o quitárselo.

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