Cuando la xenofobia tiene nombre propio

| 20 junio, 2020

El primer ministro Viktor Orbán lleva años fomentando entre los húngaros el temor a una “invasión” musulmana, a la vez que crece la marginación de las minorías

FÉLIX FLORES. LA VANGUARDIA.- Diecinueve universitarios fueron, al parecer, los primeros contagiados de coronavirus en Hungría. Nueve eran estudiantes becados iraníes, nueve eran húngaros y el último británico. El primer ministro Viktor Orbán lo tuvo claro: “Los extranjeros trajeron la enfermedad”. Cerró entonces la universidad , dijo, porque “hay montones de extranjeros”.

Viktor Orbán ya no sorprende ni dentro ni fuera de Hungría. Todos le conocen como instigador del racismo y la xenofobia y por su forma de gobierno, definida por muchos como “régimen”. La Comisión Europea y la Eurocámara, el Consejo de Europa, la Comisión de Venecia, la Asociación Europea de Jueces… Todos han denunciado su discurso de odio y su cooptación de las instituciones del Estado y de los medios de comunicación.

Pero Orbán sigue necesitando los fondos europeos y en breve tiempo ha tenido que encajar dos sentencias del Tribunal Europeo: contra sus cárceles de inmigrantes en la “zona de tránsito” de la frontera serbia (se denunció incluso la negación de alimentos) y contra una ley que persigue a las oenegés bajo el pretexto de que están financiadas por intereses ocultos, léase el financiero George Soros. El fallo de esta última se produjo el jueves.

Ha sido un triunfo para las oenegés húngaras, aunque todo tiene un coste.La ley nunca se llevó a la práctica penalmente, pero servía para intimidar. “Desde que el Gobierno empezó a atacarnos, mucha gente que nos apoya tiene miedo de ser asociada a enemigos públicos y de ser represaliada, por ejemplo en su trabajo, así que la gente se autocensura, hay un miedo paralizante”, explica Áron Demeter, director de programas de Amnistía Internacional en Hungría. “Hay una transformación muy fuerte en el sistema democrático y las oenegés somos algunos de los últimos que quedamos, representamos una voz independiente”, apunta Gábor Gyulai, director del programa de refugiados del Comité Helsinki Húngaro.

Los musulmanes son acusados de terroristas, los gitanos, de “indignos” y “vagos”, y se les segrega en las escuelas; un antisemitismo velado aumenta a cuenta del judío Soros; a los transexuales no se les reconoce… “Todas las minorías pueden ser señaladas, y entre las húngaras, todas las que no entren en la imagen cristiana idealizada” de Orbán, sentencia Áron Demeter.

Las actitudes xenófobas han ido en aumento y son más evidentes en Hungría que en el resto de Europa del este

Sin embargo, ¿se puede decir que Orbán haya impuesto todo esto a contrapelo, cuando ha contado con fuerte apoyo electoral? Está en su tercer mandato y por dos veces ha conseguido una supermayoría parlamentaria. El asunto del sustrato racista es espinoso y algunas fuentes consultadas han rehusado abordarlo. Un estudio citado por el think tank húngaro Political Capital cifraba las actitudes xenófobas en un 15% en 1992, en un 39% en el 2014 y en un 67% en octubre del 2018, señalando además que este fenómeno es mayor en Hungría que en resto del este de Europa. Dejando al margen un racismo histórico hacia la minoría gitana (unas 700.000 almas), que comparte una mayoría, las razones exactas de esa xenofobia no están claras, aunque pueden tener que ver con el hecho de ser un país sin tradición migratoria, señala Gábor Gyulai. Aunque Hungría fue de los menos herméticos entre los países socialistas , “aquí se hablan menos idiomas, y con excepción de Budapest, lo que dice la tele en húngaro es la noticia, y no hay otro medio de informarse . Se ha creado tal odio que la gente, en el campo, cree que Hungría está amenazada por millones de inmigrantes”.

De otro lado, la injusticia del tratado de Trianon, que en 1920 troceó Hungría, tiene su peso en las conciencias y es explotada por Orbán en su discurso ultranacionalista, que habla de “imperialismo liberal” y de que Soros y la UE quieren llenar el país de musulmanes.

Desde luego que el racismo y la xenofobia son una magnífica tapadera para los problemas reales, “que son muchos para el húngaro medio, como la precariedad en el sistema de sanidad, los salarios…”, dice Demeter. “Orbán ya no puede echar la culpa al gobierno anterior como había hecho antes. Así que ya no se trata de tapar, sino de mantener a la gente en estado de pánico, y el miedo es útil; le dice a la gente: yo os protegeré de esa gente horrible”.

“La gente del campo cree estar amenazada por millones de inmigrantes”, dice Gábor Gyulai

Es una protección que se paga. Orbán ha endurecido la legislación laboral: los patronos pueden exigir horas extras sin compensación, las mujeres deben ganar menos y mejor que se dediquen a tener hijos… Y sin embargo, “la población extranjera aumentó del 2015 al 2019, de 146.000 a 186.000”, dice Gyulai. Los húngaros son 10 millones . “Hace falta mano de obra, en la sanidad, en la construcción, camareros…”. Se trata de inmigrantes del este, pero también asiáticos. Notamos una discrepancia enorme entre las necesidades del país y la realidad paralela que se ha creado, y eso será causa de problemas para el futuro económico del país”.

Gábor Gyulai explica que se ha acuñado un término específico para inmigrante con sentido fuertemente peyorativo, “como algo diabólico”, mientras que “la palabra refugiado está prohibida en los medios del Estado”. Así, migrans se asocia a musulmán… Los musulmanes son alrededor de 30.000 en el país.

Fue la llamada crisis migratoria de septiembre del 2015, cuando los refugiados sirios llegaban a través de Serbia (sobre todo, para alcanzar Alemania) la que sirvió a Orbán para extender su campaña xenófoba. Decretó un “estado de emergencia migratoria”, que se ha ido renovando cada seis meses, y hasta hoy.

Con la Covid-19, el 30 de marzo se decretó el “estado de emergencia sanitaria” con una Acta I que fue observada con “preocupación” desde la UE. El gobierno por decreto se imponía incluso al Tribunal Constitucional. El estado de emergencia acabó el pasado martes, pero ya está preparada una Acta II que permitiría, en el caso de un rebrote, “un poder ilimitado”, según un artículo publicado recientemente por tres académicos, que afirman que seguiría el modelo sine die del “estado de emergencia migratoria”.

Amnistía Internacional, el Comité Helsinki y la Unión por la Libertades Civiles ya han avisado de lo que puede ocurrir. “Este tipo de medidas dependen del contexto en que se aplican –advierte Gábor Gyulai–. No es lo mismo en España o en Holanda, donde existen unos contrapesos, que aquí”.

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